Un día de marzo, terminado el verano en el hemisferio sur, se encontraba el escritor sentado frente a su teclado, tratando de imaginar una historia que valiese la pena escribir y contar.
Mil imágenes pasaban por su mente: barcos, autos, trenes, aviones, naves interestelares, nubes de transporte, máquinas teletransportadoras, inteligencias artificiales, personas, animales, seres mitológicos, héroes y villanos, piratas, ladrones, policías, doctores, bomberos, ambulancias, dioses, semidioses, antidioses, etc.
Había leído tanto que su mente se encontraba completamente confundida, ante las mil historias que pasaban frente a sus ojos (cuando éstos estaban cerrados, pues al estar abiertos, vía claramente el monitor y las letras que iban apareciendo frente a él) y las voces y sonidos que llegaban a sus oídos (Hmm, cerrar los oídos es un poco complicado, sobre todo si no practicas mucho. Los que tiene poca práctica no pueden hacerlo, así que no lo intenten si no tienen un buen maestro, se los recomiendo)
¿Dónde me quedé? Cierto! Estaba sentado frente al monitor escribiendo todo lo que acá estas leyendo, dejando solamente que sus manos naveguen en libertad sobre el teclado, y dejando que sean ellas las que escriban la historia que se traían "entre manos".
Y de un momento a otro... Ya no sabía que más escribir! El pobre escritor se encontraba en una encrucijada, y no sabía hacía donde ir: hacia arriba, al inicio de esta historia (¿ya es una historia? Hmm, dejame dudar al respecto), hacia abajo, al final de la historia (no le digan, pero hacia abajo aún está en blanco), hacia la derecha... Hacia la derecha estaba el teléfono, que hace buen tiempo atrás, mucho tiempo para ser sinceros, no había sonado, o hacia la izquierda.. Y hacia la izquierda estaba una botella con agua, era un bebe todo que estaba medio lleno (o medio vacío? Y a quién le importa eso!)
Así que cerró los ojos (y los oídos, pues la bulla era bastante fastidiosa) y se dejó llevar por sus sueños, por sus deseos y por sus anhelos. (Olvidaba decirles, el escritor también era poeta, y como poeta le gustaba escribir poesía, aunque, para ser sinceros, sus poemas no eran muy buenos, y casi nadie los leía.. Y es que casi nadie tampoco le entendían).
En sus sueños mas locos el escritor se consideraba un ser de otro tiempo, de otro universo, de otra dimensión, y creía que había viajado por todos los espacios y tiempos de nuestro y otros planetas, y que de una u otra manera, había influido en el curso de los hechos de toda la historia humana.
Le gustaba "recordar" el momento de la creación del universo. Boom! Una enorme bola de fuego y energía que dió inicio a todo. Luego le gustaba imaginar los grandes momentos de la historia humana, sobre todo las guerras (el escritor había estado en el ejército), y el futuro que nos depara la vida: le gustaba alucinar las cosas mas locas que jamás a nadie se le hubiese ocurrido jamás.
— Vas a demorar mucho?
Era su hija, que quería utilizar la computadora, y que se estaba aburriendo viendo como su papá, de manera frenética, escribía y escribía un montón de letras y palabras que carecían de sentido.
— Acabaré pronto —le dijo amoroso— un minuto más y acabo.
— ¿Y qué es lo que escribes?
— La verdad verdadera, ni yo mismo estoy seguro lo que estoy escribiendo, solamente dejo que mis dedos se deslicen con libertad sobre el teclado... Y hasta este momento no he conseguido ninguna historia, solamente un montón de palabras y frases que no tienen mucho sentido— dijo el escritor un poco triste y turbado, ya que sentía que su esfuerzo no estaba dando mucho resultado
— ¿Y por qué no cuentas una historia? —le dijo la niña con mucho entusiasmo— siempre cuentas historias interesantes...
— Tienes razón —respondí (es cierto, yo soy el escritor, me descubrieron)— haré como que te estoy contando una historia mientras la voy escribiendo.
— Genial!
— Entonces aquí vamos...
Era otoño, los campos ya estaban dorados, las hojas volaban libremente por el pavimento, y todos se preparaban para la temporada de lluvias. Menos Antonieta. Ella adoraba el otoño. Le encantaba jugar en los charcos de agua que se formaban luego de la lluvia. Le gustaba escuchar el sonido de las gotas sobre el tejado de su casa, y sobre todo, le gustaba sentarse al lado del fuego de la cocina, cuando su abuelo se sentaba a calentar sus calcetines mojados, y contaba cuentos fantásticos, con los cuales tenía embobados a todos sus nietos.
— Una historia más, abuelito! — Casi gritaba Antonieta— una más por favor!
— Silencio niña —la voz enérgica de la mamá de Antonieta no dejaba dudas de su autoridad— deja de molestar al abuelo, y ve a acostarte, ya que mañana debes levantarte temprano e ir a la escuela...
— Por favor abuelito, una historia pequeñita, por favor — Antonieta no se rendía— Unita más y me voy a dormir, ¿Sí?.
La voz de Antonieta era tan contagiante, que todos sus hermanos se unieron al coro, y todos pedían al abuelo una historia más, y lo dejarían tranquilo...
El abuelo se quitó el sombrero, se acomodó las canas, que eras escasas, pero lo suficientes para no decir que estaba calvo, se frotó el bigote, y, sonriendo, cargó a Antonieta y la puso sobre sus rodillas, abrazándola como solamente un abuelo sabe hacerlo, y siempre sonriendo dijo:
«Esta historia me la contó mi abuelo, cuando yo aún era un niño, y él me dijo que se la había contado su abuelo, siendo él aún un pequeño. Eran los tiempos de la guerra de independencia, aquellas épocas cuando yo aún no había nacido, y mi tatara abuelo era un sargento en las filas del general Suárez. Ellos se encargaban de la defensa de la entrada norte de la ciudad. Nadie sabía por donde llegaría el ejército invasor, pues los soldados espías habían sido capturados todos, y se habían enterado que los habían fusilado en el acto (así de crueles eran los invasores)»
Un «Ohhh» de asombro se escuchó entre todos los niños. Incluso la mamá, el papá y la abuela, hasta el perro estaban en silencio, atentos al relato del abuelo. Los calcetines seguían colgados frente al fuego, pero a los pobres calcetines ya nadie les hacía caso ( ¿o quizá también ellos estaban atentos a la historia?)
«Habían pasado ya varios días cuidando esa parte de la montaña. Y estaban muy aburridos. Pues, no había nada que hacer. Y la orden era no moverse, salvo que lleguen los invasores, en cuyo caso el soldado mensajero debería partir de inmediato con dirección al cuartel de comando (que se encontraba en la ciudad) y el resto del contingente deberían defender con sus vidas el fortín que allí habían levantado.
El fortín era de barro y palos, algunas piedra, y como techo habían puesto bastante paja. Esos materiales había de sobra en esa montaña. Y solamente eran 21 soldados, contando al mensajero, que en realidad era un niño de 12 años, incapaz aún de portar un fusil, pero que era tan veloz como una flecha. Y era muy avispado el chamaco.
Ya habían pasado varias semanas, y no había pasado nada en el fortín. Y tampoco tenían ninguna noticia del centro de comando. Algunos soldados estaban un poco intranquilos, pues las raciones se estaban acabando, y no tenían idea, que pasaría mañana. Pero en el ejército la disciplina debe ser férrea, y en esta pequeña tropa no era la excepción. Todos cumplían al pie de la letra las órdenes que se impartían.
Hasta que, sin saber cómo ni de donde, aparecieron muchas flores en el campo. Al principio no hicieron caso, pues creyeron que era normal en esa época del año que, estando tan alto, algunas plantas florezcan en esa época del año. Pero, con cada día que pasaba, el número de flores iba aumentado, y su perfume, al inicio agradable para los soldados, empezó a ser una molestia grande, así que, el jefe dio la orden de cortarlas y limpiar todas las flores que rodeaban el fortín. El mismo cogió una flor entre sus manos, y, cuando la iba a cortar, sintió algo extraño, y no lo hizo. No supo porque razón desistió de arrancarla, solamente la dejó en su lugar y dijo: mejor no las toquen, total, no hacen daño a nadie»
—No crecen flores en la puna, abuelito—dijo uno de los niños— ahí hace mucho frío.
— Si crecen flores —dijo Antonieta, muy seria ella— esas flores las taren desde las alturas para adornar las procesiones, cierto abuelito?
El abuelo sonriente, les dió un beso a ambos, y prosiguió su relato:
«Lo raro de todo esto es que las flores no eran flores de la puna, sino rosas, de diferentes colores, y no crecían en rosales comunes y corrientes, sino en rosales que no tenían más de 5 centímetros de alto, así que las rosas más parecían una alfombra que un jardín. Pero también habían margaritas y algunos geranios... Aunque nuestros pobres soldados, mas preocupados en sus fusiles y bayonetas, no podían diferenciar ni siquiera una flor de un tallo.
En eso, uno de los vigías gritó a todo pulmón: "Vienen los invasores!". Y todos ocuparon sus puestos, y el pequeño mensajero salió veloz como una flecha con dirección al cuartel general, para comunicar de la llegada del ejército invasor y de que era necesario traer refuerzos. Todos tomaron sus fusiles, y se tumbaron sobre las flores, mientras encomendaban sus almas a sus ancestros, y en tensión, esperaban la arremetida del ejército enemigo.
Eran muy numerosos, traían caballos, cañones, y muchas columnas de soldados, quizá miles. Mi abuelo no lo recuerda con exactitud. Así que era lo más cuerdo huir, o rendirse. Pero, como les dije al inicio, la orden era defender la posición con sus propias viudas, y los soldados eran muy disciplinados, y así lo harían.
Cuando el ejército enemigo se encontraba a tiro de fusil, pusieron sus cañones delante de ellos, y una lluvia de balas de cañón empezó a caer sobre los defensores patriotas. Estaban perdidos. No teníamos cañones, así que, era cuestión de tiempo, y todos terminarían muertos»
Todos los presentes estaban en silencio total. Ni siquiera los grillos cantaban, ni el fuego sonaba (siempre suena la leña cuando se quema), hasta la lluvia había cesado... El mundo esperaba en silencio el terrible final de los defensores patriotas....
«Y sucedió. Mi tatara abuelo dice que fue un milagro. Que las flores se levantaron creando una especie de barrera de espinas delante de ellos, y que las flores los protegían en sus pétalos, evitando que las balas de cañón o el fuego de los fusileros les hiciesen daño. Dejaron salir por entre ellas las puntas de los fusiles, y por esa razón podían responder el fuego con disparos entrecortados, por lo cual los invasores no pudieron avanzar un milímetro más, al ver que todo intento de diezmar a los valerosos defensores, era infructuoso.
Aún así algunas balas lograron atravesar la muralla de espinas y flores, y dar en el blanco. Y casi todos sufrieron heridas. Pero los pétalos se pegaban a estas heridas, y evitaban que sangrasen demasiado. Y a pesar de todo, pudieron resistir lo suficiente para que llegara el grueso del ejército patriota, y le de una batalla dura a los invasores, quienes tuvieron que retirarse por donde vinieron, sin haber logrado tomar el fortín de defensa.
Luego, el general entrevistó a los veinte, y les preguntó como era posible que hubiesen construido un sistema de defensa "tan extraño, pero muy eficiente" (aunque él mismo no entendía como pudieron hacer crecer tantos rosales en un lugar tan inadecuado para ello). Mi tatara abuelo dijo que no recuerda que dijeron todos, solamente que se alegraron de estar con vida y de haber expulsado al invasor por una vez más.
Aunque uno de ellos, que todos tomaron por bromista, dijo haber visto a una dama muy elegante todas las noches venir desde "arriba" y pasear entre las flores, conversar con todas y cada una de ellas. Por eso, cuando encuentres una flor en un lugar extraño, no la arranques, recuerda que hay un poder especial en ellas. FIN.»
— Hmm, que huele a quemado?
— ¡ Mis medias!
El abuelo sonreía, al igual que todos, a pesar que se chamuscaron las medias, todos irían a dormir con una nueva historia que las visitaría en sus sueños, y que les regalaría un jardín de rosas maravillosas que los protegería de sus miedos.
Antonieta ya estaba dormida, abrazada al abuelo. Y ella no había escuchado toda la historia. Se quedó dormida muy rápido. Se adormecía con la voz de su abuelo, y más aun se adormecía con el calor de sus brazos, y el olor de sus cabellos.
Adoraba a su abuelo. Le parecía un ser enigmático, raro, que quizá había sido un héroe o un pirata, o quizá un inventor, o quizá un aventurero, que había explorado lugares misteriosos y extraños. Y nunca dejaba de contar sus historias, siempre con una sonrisa, siempre con una paciencia infinita, con la famosa frase: «Esta es una historia, que me contó mi abuelo, cuando yo era aún un niño pequeño»