Suenan las sirenas, el sol aún no aparece tras las montañas, pero las luces ya se abren paso a través de las tinieblas. Hay una neblina densa que cala hasta los huesos, y el rostro de los demás es apenas visible. Pero todos están ya en sus puestos.
Había sonado la alerta general.
El capitán del barco, con su pose conocida, las piernas abiertas y recto como una tabla, mira a través de los prismáticos en dirección hacia la estela que se acerca a a la distancia. Su rostro como siempre inescrutable y adusto no muestra emoción alguna.
El silencio es absoluto. Las pequeñas olas que golpean al poderoso navío son las únicas que osan interrumpir tal solemnidad del momento.
Estoy en mi puesto, con los nervios tensos y al límite, pero atento a las indicaciones del legendario almirante. Sabemos que nos guiará a la victoria, a pesar de que a nosotros nos parezca descabellado lo que dice o hace.
Tenemos confianza absoluta en que siempre saldríamos airosos de cualquier combate.
Como aquella vez, en Iquique, cuando esperamos con pasmosa tranquilidad a que los dos barcos enemigos se pusieran peligrosamente cerca al buque hermano, y cuando parecía que estaba acorralado, dirigió una brutal embestida contra ambos, batiéndolos prácticamente en el acto, sin dejarles espacio para rendirse o retirarse.
O como cuando persistió en seguir huyendo hacia el norte, sin detenerse en ningún puerto, hasta casi salir de territorio amigo y quedarnos prácticamente sin combustible. Pero siempre teniendo a la vista a la poderosa escuadra enemiga, para luego dar media vuelta y enfrentarlos, con todo lo que tenía, conocedor que ellos estaban al punto del desastre. Cuando la balanza se inclinaba a favor de los enemigos, como una especie de fantasmas venidos de la nada, aparecieron las estelas de dos acorazados, seguidos de varios buques de guerra más, que cambiaron el destino final del combate, y apresuraron en final de esta estúpida guerra.
Eran los barcos de la armada argentina, quienes se sumaban a la contienda. La famosa escuadra Sarmiento, dos monitores y algunos otros buques.
Si bien los acorazados enemigos eran superiores a cualquiera de nuestros buques de guerra, el mayor número y la velocidad de los nuestros hicieron la diferencia. Además, la maestria de nuestro almirante era impresionante.
Hundimos un acorazado enemigo, el otro quedó muy dañado, y tuvo que ser remolcado con dirección a uno de nuestros puertos.
Y con apenas algunos reparaciones, nuestro comandante en jefe dispuso partir a toda la escuadra a bloquear Valparaiso.
Y ahí estábamos, esperando el desenlace de esta guerra.
Nuestro almirante era ya legendario, por haber rescatado a los soldados enemigos, por haber enviado los restos de los oficiales y sus pertenencias a sus familiares. "Todos somos soldados" había dicho en algún momento.
Y su poderoso buque, el barco insignia, esperaba en silencio, viendo a lo lejos como una estela amenazante se acercaba a este bloqueo naval impuesto.
— Ordene al Huascar que se dirija a dar el encuentro a ese navío. Veo que tiene bandera inglesa. Dígale al capitán More que se atenga al protocolo.
— Como ordene mi Almirante.
De pronto, desde mi puesto, escucho la voz del vigia:
- Son varios más! Veo dos buques grandes mas...
Un escalosfrio recorre mi cuerpo. Parece que la armada imperial inglesa está frente a nosotros, y en esta ocasión, dudo que el Almirante Grau tenga un as bajo la manga.
El Independencia completo está en silencio. El Almirante Grau, el Caballero de los mares, está inmóvil como una roca, sin mover un solo músculo de su cuerpo, parado en el puente de mando, mirando hacia el monitor Huáscar, quien raudamente, se dirige hacia el barco inglés que, a lo lejos, pareciera que lo llama para un ataque funesto...
Saur Anx'a
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