— Podrías contar una historia más real?
— No te gustó mi historia?
— Está bonita, pero un poco fantástica... Quizá un poco más de realismo no quedaría mal...
En silencio asiento. Es cierto, a veces, muchas veces me dejo llevar por la imaginación, y ella se apodera del curso de mis relatos, y cuando mi imaginación capitanea el barco de mis sueños, pues no hay límites conocidos que puedan detenerme.
Entonces continuemos con el cuento, o la historia, o como ustedes quieran llamarla.
Antonieta era una niña bastante traviesa y muy curiosa. Apenas tenía seis años, y ya sabía a leer con libertad y escribía su nombre con cierta soltura. Aún usaba lápices, los lapiceros los usaría cuando tuviese más años, quizá a los 10 u 11, como el resto de niños de su colegio.
No le gustaba mucho ir a la escuela. le parecía muy aburrida y bastante fría. No le gustaba el frío, que se mete por debajo de la falda y te congela las piernas. Siempre tenía frío en la escuela, y también se le adormecían las piernas en las sillas que eran poco agradables para su gusto. No podía entender como el resto de niños toleraba esa incomodidad de sillas.
— Lo que sucede es que no te sientas bien, Anto. Debes sentarte un poco más hacia atrás, y no en el borde mismo de la silla —le decía Fiorella, que también estudiaba en su aula— Mira, así como yo estoy sentada.
— Es que no alcanzan mis piernas, y no me gusta que estén en el aire, Fio —respondía Antonieta, mostrando que, al sentarse completamente en la silla, sus pies quedaban en el aire, o solo en puntillas, ya que era bastante pequeña para su edad — cuando hago esto, es peor, mis piernas se adormecen mas...
Y así se pasaban casi toda la mañana, hablando de las incomodidades de la escuela, de los colores bonitos de los lapiceros, y de tantas otras cosas que mantienen ocupadas sus mentes en esta bella edad de la niñez.
Mas temprano en la mañana, se había levantado preocupada y pensativa. Para suerte su abuelo había estado de visita, pasaba un rato a recoger algo que había olvidado (no eran sus medias, no). No se había creído mucho esa historia de las rosas maravillosas, y con la frente fruncida y la mirada pensativa, había encarado a su abuelo y le había preguntado frontal mente:
— Y me podrías contar le VERDADERA historia —hizo énfasis en la palabra "verdadera", para demostrar que ella ya no era tan pequeña y que no era tan fácil de engañar con "cuentos fantásticos".
Su abuelo, siempre sonriente, se acercó a la pequeña, le dio un cariñoso beso en la mejilla, los bigotes le hicieron cosquillas, siempre lo hacían, y le dijo muy bajito:
— Yo también le dije eso a mi abuelo, y él me dijo muy serio, que su abuelo era el mensajero, aquel muchacho pequeño que salió corriendo con el mensaje para el resto del ejército. Cuando regresaban con los refuerzos, se encontraron con los invasores que ya estaban muy cerca a donde estaban ellos. No supieron de los defensores hasta mucho tiempo después, cuando ya la guerra había concluido. Pasaron muchos meses cuando regresaron a ese lugar, y no encontraron mas que arbustos espinosos que crecían en lo que fue antiguamente un pequeño fortín de defensa. No encontraron cadáveres esparcidos, ni restos ni huesos, pero si 20 tumbas en perfecta formación, y, al lado de cada una de ellas, una pequeña planta que estaba floreciendo en ese momento. Todos murieron defendiendo su posición, y todos fueron enterrados en ese mismo lugar. Pero ya sabes como son las cosas, cada quien cuenta las historias a su manera. Y ahora, dame otro beso y apúrate, que te haces tarde para ir a la escuela.
— No te gustó mi historia?
— Está bonita, pero un poco fantástica... Quizá un poco más de realismo no quedaría mal...
En silencio asiento. Es cierto, a veces, muchas veces me dejo llevar por la imaginación, y ella se apodera del curso de mis relatos, y cuando mi imaginación capitanea el barco de mis sueños, pues no hay límites conocidos que puedan detenerme.
Entonces continuemos con el cuento, o la historia, o como ustedes quieran llamarla.
Antonieta era una niña bastante traviesa y muy curiosa. Apenas tenía seis años, y ya sabía a leer con libertad y escribía su nombre con cierta soltura. Aún usaba lápices, los lapiceros los usaría cuando tuviese más años, quizá a los 10 u 11, como el resto de niños de su colegio.
No le gustaba mucho ir a la escuela. le parecía muy aburrida y bastante fría. No le gustaba el frío, que se mete por debajo de la falda y te congela las piernas. Siempre tenía frío en la escuela, y también se le adormecían las piernas en las sillas que eran poco agradables para su gusto. No podía entender como el resto de niños toleraba esa incomodidad de sillas.
— Lo que sucede es que no te sientas bien, Anto. Debes sentarte un poco más hacia atrás, y no en el borde mismo de la silla —le decía Fiorella, que también estudiaba en su aula— Mira, así como yo estoy sentada.
— Es que no alcanzan mis piernas, y no me gusta que estén en el aire, Fio —respondía Antonieta, mostrando que, al sentarse completamente en la silla, sus pies quedaban en el aire, o solo en puntillas, ya que era bastante pequeña para su edad — cuando hago esto, es peor, mis piernas se adormecen mas...
Y así se pasaban casi toda la mañana, hablando de las incomodidades de la escuela, de los colores bonitos de los lapiceros, y de tantas otras cosas que mantienen ocupadas sus mentes en esta bella edad de la niñez.
Mas temprano en la mañana, se había levantado preocupada y pensativa. Para suerte su abuelo había estado de visita, pasaba un rato a recoger algo que había olvidado (no eran sus medias, no). No se había creído mucho esa historia de las rosas maravillosas, y con la frente fruncida y la mirada pensativa, había encarado a su abuelo y le había preguntado frontal mente:
— Y me podrías contar le VERDADERA historia —hizo énfasis en la palabra "verdadera", para demostrar que ella ya no era tan pequeña y que no era tan fácil de engañar con "cuentos fantásticos".
Su abuelo, siempre sonriente, se acercó a la pequeña, le dio un cariñoso beso en la mejilla, los bigotes le hicieron cosquillas, siempre lo hacían, y le dijo muy bajito:
— Yo también le dije eso a mi abuelo, y él me dijo muy serio, que su abuelo era el mensajero, aquel muchacho pequeño que salió corriendo con el mensaje para el resto del ejército. Cuando regresaban con los refuerzos, se encontraron con los invasores que ya estaban muy cerca a donde estaban ellos. No supieron de los defensores hasta mucho tiempo después, cuando ya la guerra había concluido. Pasaron muchos meses cuando regresaron a ese lugar, y no encontraron mas que arbustos espinosos que crecían en lo que fue antiguamente un pequeño fortín de defensa. No encontraron cadáveres esparcidos, ni restos ni huesos, pero si 20 tumbas en perfecta formación, y, al lado de cada una de ellas, una pequeña planta que estaba floreciendo en ese momento. Todos murieron defendiendo su posición, y todos fueron enterrados en ese mismo lugar. Pero ya sabes como son las cosas, cada quien cuenta las historias a su manera. Y ahora, dame otro beso y apúrate, que te haces tarde para ir a la escuela.
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