jueves, 12 de abril de 2018

Erase una vez

É rase una vez un escritor que intentaba escribir algo que no fuesen solamente sueños y deseos, y tampoco que no tenga nada que ver con la realidad o con lo que estaba sucediendo a su alrededor.

Así que, tomo lapiz y papel, y se sentó en una mesa, y decidió escribir. Pero no pudo hacerlo.
Y es que las imágenes circulaban por su cabeza como un huracán descontrolado, sin ningún orden que pudiese controlarlas.

Se jalaba de los pelos, tratando de encontrar la forma como hilvanarlas, y poder plasmarlas de una manera que pudiese ser leída. Mas no podía hacerlo.
Se sirivió una taza de cafe, y se la bebió de un trago, en silencio, tratando de disfrutar de los aromas y sabores que le regalaban la taza y su contenido.

Tenía los ojos cerrados, y respiraba lentamente, en casi completo silencio, escuchando los ruidos que venían a través de la ventana de la ciudad que bullía afuera.
No era bueno escribierndo. Ya había intentado crear algunas novelas y relatos. Incluso los había colgado en internet en una opción de compartir gratuitamente en una página destinada a escritores novatos. Y aún así, nadie leía lo que escribía.
Se creó un blog, también gratuito. Y tampoco logró tener un mínimo de seguidores, que le dedicaran siquiera un segundo de su tiempo.

Se inscribió en muchos concursos, envió sus escritos a todo portal literario habido y por haber, pero en ningún caso logró que sus escritos fuesen tomados como literatura seria, y fue desechado.

Encontró un portal novedoso, donde otros soñadores como él mismo, trataban en vano de hacerse de un nombre en el mundo de la literatura, o de la poesía, o de lo que sea, con tal de compartir lo que producían. Pero, era un fiasco, pues nadie más que los propios escritores leían lo que en ese portal se publicaba. E incluso entre ellos mismos se creaban conflictos y disputas que terminaban con discusiones con tonos elevados, que hubiesen hecho sonrojar a cualquiera.
Se fue retirando paulatinamente sin hacer mucha bulla, sabiendo que sus artes de escritor estaban perdidas. O, mejor dicho, nunca habían despegado.

En la calle la vida transcurría sin novedades, sin prisas y sin demoras. La gente iba y venía, los autos dejaban tras de si una estela de contaminación que a nadie importaba. Y el mundo seguía sin darse cuenta que en este cuarto, en este preciso instante, estaba dándose inicio al episodio mas importante de toda la existencia del universo.

Era el principio del fin. El inicio de una serie de eventos que traería consigo al exterminio no solamente de la especie humana, sino también de la vida sobre la tierra y de todo lo que existía adentro o afuera del univeros entero.

Mentira!

No pasó nada. El escritor dejo su pluma, dejó la taza vacía sobre la mesa, se quitó los zapatos, vació los bolsillos, puso metódicamente todas sus cosas en la misma mesa. Apagó el computador, desconectó todos y cada uno de los artefactos eléctricos de su pequeña vivienda, se paró al borde de la ventana, y, abriendo los brazos, saltó en un vuelo sin retorno...

Un aparatoso ruido estremeció al vecindario. Algunos perros ladraron. Y una que otra persona dió un grito involuntario...

A los pocos minutos, una sirena se aercaba raudamente al lugar de los hechos, mientras el cuerpo inerte del escritor yacía en el piso, con los ojos bien abiertos, la sangre que corría a su lado en un fino riachuelo rojo, y una sonrisa extraña en los labios...

domingo, 8 de abril de 2018

Ucronias 1: El bloqueo

Suenan las sirenas, el sol aún no aparece tras las montañas, pero las luces ya se abren paso a través de las tinieblas. Hay una neblina densa que cala hasta los huesos, y el rostro de los demás es apenas visible. Pero todos están ya en sus puestos. 

Había sonado la alerta general.

El capitán del barco, con su pose conocida, las piernas abiertas y recto como una tabla, mira a través de los prismáticos en dirección hacia la estela que se acerca a a la distancia. Su rostro como siempre inescrutable y adusto no muestra emoción alguna.

El silencio es absoluto. Las pequeñas olas que golpean al poderoso navío son las únicas que osan interrumpir tal solemnidad del momento.

Estoy en mi puesto, con los nervios tensos y al límite, pero atento a las indicaciones del legendario almirante. Sabemos que nos guiará a la victoria, a pesar de que a nosotros nos parezca descabellado lo que dice o hace. 

Tenemos confianza absoluta en que siempre saldríamos airosos de cualquier combate.

Como aquella vez, en Iquique, cuando esperamos con pasmosa tranquilidad a que los dos barcos enemigos se pusieran peligrosamente cerca al buque hermano, y cuando parecía que estaba acorralado, dirigió una brutal embestida contra ambos, batiéndolos prácticamente en el acto, sin dejarles espacio para rendirse o retirarse.

O como cuando persistió en seguir huyendo hacia el norte, sin detenerse en ningún puerto, hasta casi salir de territorio amigo y quedarnos prácticamente sin combustible. Pero siempre teniendo a la vista a la poderosa escuadra enemiga, para luego dar media vuelta y enfrentarlos, con todo lo que tenía, conocedor que ellos estaban al punto del desastre. Cuando la balanza se inclinaba a favor de los enemigos, como una especie de fantasmas venidos de la nada, aparecieron las estelas de dos acorazados, seguidos de varios buques de guerra más, que cambiaron el destino final del combate, y apresuraron en final de esta estúpida guerra. 

Eran los barcos de la armada argentina, quienes se sumaban a la contienda. La famosa escuadra Sarmiento, dos monitores y algunos otros buques.

Si bien los acorazados enemigos eran superiores a cualquiera de nuestros buques de guerra, el mayor número y la velocidad de los nuestros hicieron la diferencia. Además, la maestria de nuestro almirante era impresionante.

Hundimos un acorazado enemigo, el otro quedó muy dañado, y tuvo que ser remolcado con dirección a uno de nuestros puertos. 

Y con apenas algunos reparaciones, nuestro comandante en jefe dispuso partir a toda la escuadra a bloquear Valparaiso. 

Y ahí estábamos, esperando el desenlace de esta guerra.

Nuestro almirante era ya legendario, por haber rescatado a los soldados enemigos, por haber enviado los restos de los oficiales y sus pertenencias a sus familiares. "Todos somos soldados" había dicho en algún momento.

Y su poderoso buque, el barco insignia, esperaba en silencio, viendo a lo lejos como una estela amenazante se acercaba a este bloqueo naval impuesto.

— Ordene al Huascar que se dirija a dar el encuentro a ese navío. Veo que tiene bandera inglesa. Dígale al capitán More que se atenga al protocolo.
— Como ordene mi Almirante.

De pronto, desde mi puesto, escucho la voz del vigia:
- Son varios más! Veo dos buques grandes mas...

Un escalosfrio recorre mi cuerpo. Parece que la armada imperial inglesa está frente a nosotros, y en esta ocasión, dudo que el Almirante Grau tenga un as bajo la manga.

El Independencia completo está en silencio. El Almirante Grau, el Caballero de los mares, está inmóvil como una roca, sin mover un solo músculo de su cuerpo, parado en el puente de mando, mirando hacia el monitor Huáscar, quien raudamente, se dirige hacia el barco inglés que, a lo lejos, pareciera que lo llama para un ataque funesto...

Saur Anx'a

domingo, 1 de abril de 2018

Los cuentos del abuelo. La historia continúa...

— Podrías contar una historia más real?
— No te gustó mi historia?
— Está bonita, pero un poco fantástica... Quizá un poco más de realismo no quedaría mal...
En silencio asiento. Es cierto, a veces, muchas veces me dejo llevar por la imaginación, y ella se apodera del curso de mis relatos, y cuando mi imaginación capitanea el barco de mis sueños, pues no hay límites conocidos que puedan detenerme.

Entonces continuemos con el cuento, o la historia, o como ustedes quieran llamarla.
Antonieta era una niña bastante traviesa y muy curiosa. Apenas tenía seis años, y ya sabía a leer con libertad y escribía su nombre con cierta soltura. Aún usaba lápices, los lapiceros los usaría cuando tuviese más años, quizá a los 10 u 11, como el resto de niños de su colegio.

No le gustaba mucho ir a la escuela. le parecía muy aburrida y bastante fría. No le gustaba el frío, que se mete por debajo de la falda y te congela las piernas. Siempre tenía frío en la escuela, y también se le adormecían las piernas en las sillas que eran poco agradables para su gusto. No podía entender como el resto de niños toleraba esa incomodidad de sillas.

— Lo que sucede es que no te sientas bien, Anto. Debes sentarte un poco más hacia atrás, y no en el borde mismo de la silla —le decía Fiorella, que también estudiaba en su aula— Mira, así como yo estoy sentada.
— Es que no alcanzan mis piernas, y no me gusta que estén en el aire, Fio —respondía Antonieta, mostrando que, al sentarse completamente en la silla, sus pies quedaban en el aire, o solo en puntillas, ya que era bastante pequeña para su edad — cuando hago esto, es peor, mis piernas se adormecen mas...

Y así se pasaban casi toda la mañana, hablando de las incomodidades de la escuela, de los colores bonitos de los lapiceros, y de tantas otras cosas que mantienen ocupadas sus mentes en esta bella edad de la niñez.

Mas temprano en la mañana, se había levantado preocupada y pensativa. Para suerte su abuelo había estado de visita, pasaba un rato a recoger algo que había olvidado (no eran sus medias, no). No se había creído mucho esa historia de las rosas maravillosas, y con la frente fruncida y la mirada pensativa, había encarado a su abuelo y le había preguntado frontal mente:

— Y me podrías contar le VERDADERA historia —hizo énfasis en la palabra "verdadera", para demostrar que ella ya no era tan pequeña y que no era tan fácil de engañar con "cuentos fantásticos".

Su abuelo, siempre sonriente, se acercó a la pequeña, le dio un cariñoso beso en la mejilla, los bigotes le hicieron cosquillas, siempre lo hacían, y le dijo muy bajito:

— Yo también le dije eso a mi abuelo, y él me dijo muy serio, que su abuelo era el mensajero, aquel muchacho pequeño que salió corriendo con el mensaje para el resto del ejército. Cuando regresaban con los refuerzos, se encontraron con los invasores que ya estaban muy cerca a donde estaban ellos. No supieron de los defensores hasta mucho tiempo después, cuando ya la guerra había concluido. Pasaron muchos meses cuando regresaron a ese lugar, y no encontraron mas que arbustos espinosos que crecían en lo que fue antiguamente un pequeño fortín de defensa. No encontraron cadáveres esparcidos, ni restos ni huesos, pero si 20 tumbas en perfecta formación, y, al lado de cada una de ellas, una pequeña planta que estaba floreciendo en ese momento. Todos murieron defendiendo su posición, y todos fueron enterrados en ese mismo lugar. Pero ya sabes como son las cosas, cada quien cuenta las historias a su manera. Y ahora, dame otro beso y apúrate, que te haces tarde para ir a la escuela.