- Ya les he dicho, una y mil veces, que esos gatos no pueden estar en la sala!
- Pero mamá.... Son limpios y educados...
- No ensucian para nada...
- Además no son gatos... Son tigrillos, y tienen un nombre, Mingo.
- Pero mamá.... Son limpios y educados...
- No ensucian para nada...
- Además no son gatos... Son tigrillos, y tienen un nombre, Mingo.
María señala con dirección a la puerta. No hay nada que hacer. Los felinos, con sus murciélagos en el hocico, aún vivos, se retiran al exterior de la casa, para seguir jugando con los pobres animales que cazaron. Lo gemelos aceptan a regañadientes, pero saben que con María no se puede discutir. A veces han sido llevados de las orejas a la ducha. Cuando se negaban a bañarse. Pero solamente ella puede hacerles esto. Ya que son tan altos y fuertes que podrían derribar un toro con las manos.
Aunque aún pueden jugar con Juan a la lucha libre, siendo "vencidos" por su padre. De pequeños siempre jugaban a la lucha libre. Y les encantaba derribar a su corpulento padre. Valentina nunca se dejó, y siempre pudo mantenerlos a raya. Era le "jefe". Pero ella se fue, así que Juan tuvo que entretenerlos. Y ya no debía dejarse ganar. Al principio era sencillo, pues aún eran pequeños. Pero con el tiempo, fueron los gemelos quienes se "dejaban vencer". Pero igual se divertían.
María regresó al trabajo. No era ya lo mismo. Las compañeras la miraban con recelo. Nunca habían siquiera escuchado que alguien hubiese tenido cinco hijos en Quimera. Más aún, ya era raro que una mujer sea seleccionada para la guardia nacional, pero tres, eso era insólito. Y ni que hablar de los gemelos. Con su meteórico desarrollo, habían asombrado a todos, sin excepción. Pasó de ser una mas en el grupo, al centro de los chismes y murmullos. Todos la trataban con la misma amabilidad de siempre, pero mantenían una receloso distancia, no vaya a ser que su estado fuese contagioso, o aun peor, que esté acarreando una desgracia.
Aún faltaba un año para despedirse de los gemelos. Ellos entrarían a la academia, pues habían sido seleccionados. Nadie se asombró de esto. Pero este hecho entristeció a María. Sus hijos, todos sin excepción estarían en la temible guardia nacional, un lugar donde entran jóvenes con nombres e historias, para luego convertirse e una especie de robots que solamente se dedica a cumplir órdenes. Impersonales, sin sentimientos, crueles. La presencia de los soldados de la Guardia nacional era sinónimo de problemas y desgracia. Nunca su presencia se debía a nada bueno. Arrestaban a alguna persona, o se enfrentaban a alguna revuelta en forma implacable e inmisericorde. También sabían que se enfrentaban en otros lugares a invasores o desertores. Era muy poco lo que se sabía sobre sus actividades, pero estaba claro que debían de tener miedo ante su presencia.
- No olviden lavarse las manos!
- Mamá... Ya no somos niños.
- Podemos cuidarnos solos. No necesitas estar recordándonos todo lo que debemos hacer. Ya hemos crecido bastante...
- Claro, ya han crecido bastante. Y esa mancha de chocolate en la barbilla? Que significa?
- Eh, cuál mancha?
- Mamá... Ya no somos niños.
- Podemos cuidarnos solos. No necesitas estar recordándonos todo lo que debemos hacer. Ya hemos crecido bastante...
- Claro, ya han crecido bastante. Y esa mancha de chocolate en la barbilla? Que significa?
- Eh, cuál mancha?
Ambos gemelos en forma simultánea se limpian el rostro y con asombro descubren un poco de chocolate en la barbilla. Eran los restos de la torta que a hurtadillas se comieron en la alacena. Si, con todo y lo crecidos que estaban, seguían siendo niños, y María lo sabía. En silencio, ante la mirada de la estricta madre, se dirigen a los baños, a lavarse el rostro y las manos para sentarse a la mesa. Están los tres solos, aún falta una semana para la salida de Juan.
En eso escuchan que ambos Mingo hacen un alboroto tremendo, y una voz muy conocida se escucha:
- Que no hay nadie en casa?
- Hola viejo!
- Te demoraste! Ya no sabíamos como....
Matias y Marco miran con algo de sorpresa a la paralizada María. Para ella fue una sorpresa total el ver a su esposo, parado en el umbral de la puerta, con un aire de enigma y de alegría inexplicables. Nunca había sucedido esto. No había jamás llegado una hora tarde, pero tampoco había venido antes. Y esto era una sorpresa del tamaño del mundo.
Se abrazan como dos adolescentes, se besan aún en el umbral de la puerta. La coge de los hombros, la mira con ternura y le dice, mientras se aparta un poco hacia un lado:
- María, mi amor, tengo que presentarte a...
- Hellen! Bienvenida...
- Hola María.
Y ahora son los gemelos y Juan quienes no pueden no mostrar su sorpresa y estupor. María y Hellen se conocían. Cómo pudo pasar eso? Era la primera vez, según lo que Juan sabía que Hellen pisaba Quimera. Incluso era la primera vez que salía de Andrómeda, eso lo tenía cien por ciento seguro. Juan no podía articular palabra, y tenía literalmente la boca abierta, mientras los gemelos miraban con los ojos entornados y sin ocultar su asombro.
- Buen día, señorita Hellen.
- Le ayudo con su maleta.
- Adelante Hellen, estás en tu casa. Ven, siéntate con nosotros, que estábamos a punto de cenar.
María conduce del brazo a Hellen, quien la mira con cariño. Ante la mirada atónita de Juan que no puede articular palabra alguna aún.
- Gracias, María. Tu hogar es muy hermoso.
- Es el amor de la familia. Pero, Juan, despierta mi amor, tenemos que sentarnos y ser amables con tan inesperada visita. Juan?
- Este, si. Ah, eh, ejem...
Juan aún no puede reaccionar. Está desconcertado, pero aún así trata de ser amable. Dentro de su mente vuelan una y mil ideas. Había estado en el camino tratando de diseñar un discurso sobre los motivos y la razón de su inesperado viaje, de como su jefa, Hellen, había sido involucrada en una locura de plan, en el cual de forma inmadura e irresponsable había sido envuelto por algunos trabajadores y por la inacabable curiosidad de los gemelos. Ellos habían sido los artífices de todo, de los planes, de los contactos, de los cabos sueltos. Era impensable para Juan el creer que María se sentiría siquiera involucrada en una torpeza como la que pensaba cometer. Pensaba para si mismo que encontraría una negativa férrea y un cerco impenetrable en la disciplinada y recta esposa. Estaba tratando de armar un monólogo, y sabía que la presencia de Hellen ayudaría a convencerla, aunque no estaba tan seguro de eso. Y pasó para el buen Juan lo impensable: ahí estaban, su jefa implacable y su amada esposa, conversando como viejas amigas, con una cordialidad, amabilidad y camaradería, como si fuesen viejas amigas, que recién ayer hubiesen estado juntas tomando un café o preparando una fiesta.
- Juan... mi amor... hola. Quimera llamando a Juan...
- Este... perdón... Es que... Creo realmente que mi sorpresa, la que preparaba según yo, se volvió en mi contra. Y, si no es mucho pedir, me parece que hay algo que no cuadra.
- María, dice Hellen, creo que Juan está algo confundido.
- Si, responde sonriendo María, creo que le debemos una explicación. Pero, antes de eso, aún hay una pequeña sorpresa, que según mis cálculos debe...
- Jefe!!
Los gemelos han saltado como resortes de sus asientos, al percatarse de un extraño ruido, y cual saetas se han dirigido a la puerta, que es casi derribada, para por poco tumbar de un salto a las recién llegadas.
- Mami, Papi!
- Ma, Pa!
- Mamita, Papito!
La enorme sonrisa de María, contrasta con la boca abierta y los ojos desorbitados por el asombro de Juan, que no sabe si es real o ficción lo que está viendo.
En la puerta, con una sonrisa enorme en los labios, tres hermosas oficiales de la Guardia Nacional, aún con sus uniformes de gala, no dejan de mostrar lo felices que se encuentran de estar nuevamente en casa.
Analía, Catalina y Valentina están de vuelta en casa.
- Que no hay nadie en casa?
- Hola viejo!
- Te demoraste! Ya no sabíamos como....
Matias y Marco miran con algo de sorpresa a la paralizada María. Para ella fue una sorpresa total el ver a su esposo, parado en el umbral de la puerta, con un aire de enigma y de alegría inexplicables. Nunca había sucedido esto. No había jamás llegado una hora tarde, pero tampoco había venido antes. Y esto era una sorpresa del tamaño del mundo.
Se abrazan como dos adolescentes, se besan aún en el umbral de la puerta. La coge de los hombros, la mira con ternura y le dice, mientras se aparta un poco hacia un lado:
- María, mi amor, tengo que presentarte a...
- Hellen! Bienvenida...
- Hola María.
Y ahora son los gemelos y Juan quienes no pueden no mostrar su sorpresa y estupor. María y Hellen se conocían. Cómo pudo pasar eso? Era la primera vez, según lo que Juan sabía que Hellen pisaba Quimera. Incluso era la primera vez que salía de Andrómeda, eso lo tenía cien por ciento seguro. Juan no podía articular palabra, y tenía literalmente la boca abierta, mientras los gemelos miraban con los ojos entornados y sin ocultar su asombro.
- Buen día, señorita Hellen.
- Le ayudo con su maleta.
- Adelante Hellen, estás en tu casa. Ven, siéntate con nosotros, que estábamos a punto de cenar.
María conduce del brazo a Hellen, quien la mira con cariño. Ante la mirada atónita de Juan que no puede articular palabra alguna aún.
- Gracias, María. Tu hogar es muy hermoso.
- Es el amor de la familia. Pero, Juan, despierta mi amor, tenemos que sentarnos y ser amables con tan inesperada visita. Juan?
- Este, si. Ah, eh, ejem...
Juan aún no puede reaccionar. Está desconcertado, pero aún así trata de ser amable. Dentro de su mente vuelan una y mil ideas. Había estado en el camino tratando de diseñar un discurso sobre los motivos y la razón de su inesperado viaje, de como su jefa, Hellen, había sido involucrada en una locura de plan, en el cual de forma inmadura e irresponsable había sido envuelto por algunos trabajadores y por la inacabable curiosidad de los gemelos. Ellos habían sido los artífices de todo, de los planes, de los contactos, de los cabos sueltos. Era impensable para Juan el creer que María se sentiría siquiera involucrada en una torpeza como la que pensaba cometer. Pensaba para si mismo que encontraría una negativa férrea y un cerco impenetrable en la disciplinada y recta esposa. Estaba tratando de armar un monólogo, y sabía que la presencia de Hellen ayudaría a convencerla, aunque no estaba tan seguro de eso. Y pasó para el buen Juan lo impensable: ahí estaban, su jefa implacable y su amada esposa, conversando como viejas amigas, con una cordialidad, amabilidad y camaradería, como si fuesen viejas amigas, que recién ayer hubiesen estado juntas tomando un café o preparando una fiesta.
- Juan... mi amor... hola. Quimera llamando a Juan...
- Este... perdón... Es que... Creo realmente que mi sorpresa, la que preparaba según yo, se volvió en mi contra. Y, si no es mucho pedir, me parece que hay algo que no cuadra.
- María, dice Hellen, creo que Juan está algo confundido.
- Si, responde sonriendo María, creo que le debemos una explicación. Pero, antes de eso, aún hay una pequeña sorpresa, que según mis cálculos debe...
- Jefe!!
Los gemelos han saltado como resortes de sus asientos, al percatarse de un extraño ruido, y cual saetas se han dirigido a la puerta, que es casi derribada, para por poco tumbar de un salto a las recién llegadas.
- Mami, Papi!
- Ma, Pa!
- Mamita, Papito!
La enorme sonrisa de María, contrasta con la boca abierta y los ojos desorbitados por el asombro de Juan, que no sabe si es real o ficción lo que está viendo.
En la puerta, con una sonrisa enorme en los labios, tres hermosas oficiales de la Guardia Nacional, aún con sus uniformes de gala, no dejan de mostrar lo felices que se encuentran de estar nuevamente en casa.
Analía, Catalina y Valentina están de vuelta en casa.
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