martes, 5 de mayo de 2020

Pandemia

Historia de una pandemia.
Van ya 50 días de una cuarentena. Una situación atípica porque se supone que las cuarentenas son de cuarenta días (y no 50) y que sirven para mitigar una epidemia (aunque en nuestro caso la situación solamente empeora).
Empezó como un juego de 2 semanas, en los que se detendría toda la maquinaria de un país para evitar la propagación de un virus. Nos quedamos en casa, suspendieron las clases, cerraron los cines, los restaurantes, los centros comerciales. Se suspendieron todas las actividades, y parecía que estaríamos bien.
No fue así.
Se mantuvieron los mercados abiertos. Craso error. La gente continuó su vida en los mercados sin limitaciones ni controles. Y la epidemia no solo continuó su crecimiento exponencial, sino que empeoró.
“Vamos a preparar el sistema de salud para enfrentar la afluencia masiva de personas” – dijeron. No fue así. Como siempre el sistema burocrático, negligente y desbordante de corrupción fue más, e hizo que el sistema empeore, y que las buenas intenciones y proyectos no vieran la luz del día. Al contrario, mucha gente se está volviendo rica a costa del sufrimiento de la población y del saqueo de las arcas del estado.
Hoy tenemos una tasa de contagios brutal, con un número de víctimas mortales en aumento, una economía al borde del colapso, y un tunel oscuro de donde solamente saldremos vivos si es que enviamos al matadero a un número significativo de compatriotas.
No podremos resistir un día mas de cuarentena. La economía está colapsada, la producción detenida, y muchos sectores de la capa media de la sociedad en el umbral de la pobreza absoluta.
Es una pena ver que esto está sucediendo. Únicamente queda esperar que la marea pase, enterrar a nuestros muertos, cuidar a los convalecientes, y armarnos de valor para reflotar este barco llamado Perú, que se está yendo a pique.
Estoy en la capa vulnerable, y puede ser que esta sea una de las últimas cosas que escribo, si es que este bicho decide matarme. No me dejaré vences, estoy seguro. Día tras día le doy la pelea, cuidándome al máximo y cuidando de una u otra manera a los míos. Pero nada está dicho, solamente Dios sabe lo que nos espera.
No soy mejor ni peor que otros, tuve y tengo una vida plena de vaivenes, de alegrías y tristezas, lágrimas y risas, golpes y caricias, insultos y besos, frío y calor, vida y muerte. No le puedo pedir mucho más, aunque me gustaría llegar a viejo (me considero joven a mis 50 años), y tener nietos a quienes contarles mis cuentos… Me gustaría.
Soy médico, pero antes que eso soy una persona sensible, que trata de ayudar a todo aquel que lo necesita. Quizá mi sueño fue ser un apóstol que predica la paz y ayuda sin pedir nada a cambio. Digo quizá, porque no lo hice. Cometí muchos errores, y muchos pecados. He mentido con tanta frecuencia que me avergüenzo de eso. No sé si he matado, puede que sí, no estoy seguro, pues he participado en un  conflicto (al que oficialmente no fui), y he lastimado a mucha gente. He deseado lo peor a mucha gente, en el momento de ira o desolación personal. Lamento eso. E incluso les he deseado la muerte, siendo estos casos muy frecuentes.
Soy humano, siempre lo fui. Pero mi curiosidad me hizo buscar todo el tiempo respuestas para todo y para todos. Aunque siempre evité las respuestas a mi propio comportamiento.
He explorado mucho. No me considero un investigador, pero gracias a mi curiosidad he logrado desarrollar un intelecto elevado. No soy un genio, mas bien soy un ignorante ávido de conocimientos, un niño deseoso por saber cada día más, y que ve la vida como una simple secuencia de cosas que se enfocan en dos objetivos: materiales o espirituales.
Si estás leyendo esto, es por que pasé a “mejor vida”. Cosa curiosa ese concepto. Solamente tengo evidencias de “ésta” vida, no de la otra. Y he intentado muchas veces ponerme en contacto con “otras” formas de vida.
Estoy loco, por supuesto que si. Y mi locura me hace disfrutar de momentos raros, como una lágrima, el dolor o la soledad.
Me iré en silencio, sin pedir nada, solamente con pena por no haber logrado conocer a mis nietos, y no haber visitado marte (si, ese era mi sueño)
Y, si hay otra vida después de esta, buscaré la forma de retornar, para completar mis historias inconclusas, y poder recibir nuevamente los tan deliciosos abrazos y besos, y sentir el amor de los que amo.
Y si quisieran poner un título a mi vida, me gustaría que sea: Se  murió estando vivo.

martes, 1 de mayo de 2018

Historia de amor, el re encuentro

— Doña María Fernanda Del Valle Rivadeneyra!
— Doña Rebeca Pilar Solórzano Islas! Estás preciosa!
— Y tú? No has cambiado nada, mi querida amiga... Déjame verte mejor... Me equivoqué, con los años estás hecha un bombón... Ya casi me igualas! Ja, ja, ja...
— Ja, ja, ja... Nunca cambias amiga...

El ruido de las risas de las amigas, hace que los demás comensales volteen divertidos hacia la mesa donde ambas, casi tumbando las sillas, no dejan de abrazarse y besarse, como si fueran dos hermanas que no se han visto por décadas...
Y eran hermanas, no de sangre pero si de vivencias. Y no se habían visto por décadas, y por esa razón es que se encontraban tan contentas.

María se había preparado prácticamente toda la noche para este encuentro. Aunque habían acordado encontrarse en una cafetería en horas de la tarde, había logrado convencer a Rebeca de ir a almorzar juntas (no podía con la ansiedad), y esperaba que Rebeca sugiriese ir acompañada. Pero, no fue así, en ningún momento de las dos horas que charlaron por teléfono, Rebeca insinuó siquiera que su esposo, José, quisiera ir al re encuentro de las amigas.

No pudo preguntarle, o no quizo preguntarle nada al respecto. Tampoco mencionó a Rubén, su esposo, y parece que Rebeca entendió el mensaje.
Llegó temprano al restaurante, donde le tenían la mesa reservada, estratégicamente ubicada al lado de la ventana que daba a la calle, en el segundo piso, así ella podría ver a José, si es que venía con Rebeca, y estar preparada... Para lo que fuera...

«Déjate de tonteras, María Fernanda Del Valle Rivadeneyra —se decía para si misma— pareces una niña pensando en tonterías» Pero algo le sucedía, algo difícil de controlar que bullía en lo más profundo de la barriga, debajo del pecho. No sabía explicarlo, pero, de repente, estaba sonriendo como no recordaba había sonreído antes, y sus ojos y su piel y su cabello adquirieron un brillo especial, que ella creía nadie notaba.

Rebeca llegó en un taxi, y la reconoció de inmediato. Era como si estuviera esperando que María se sentase en ese mismo lugar, pues levantó la mirada y le obsequió una hermosa sonrisa. Levantó la mano, y se dirigió hacia ella casi al trote, sin hacer caso del personal de servicio del restaurante.
María le dió el encuentro, y es ahí donde casi tumban las sillas por los abrazos y besos, y tuvieron que ser auxiliadas por el personal de servicio para no caer y no causar daño a los demás comensales.

— Cómo me dices que se llama tu hijito?
— Mariano Ignacio, y ya no es un tan pequeñito. Ahora es piloto comercial, y anda viajando por el mundo...
— Y de aeromoza en aeromoza... Ja, ja, ja
— Ja ja ja... Dios quiera que en algún momento siente cabeza y me traiga nietos...
— Nietos? Y cómo vas a saber que son "tuyos"?
— Rebeca Pilar!
— Ja ja ja... Ya sabes, lo que decía mi santa abuela, que Dios la tenga en su gloria, los hijos de mis hijas, mis nietos, los hijos de mis hijos, Dios sabe...
— Entonces tendré que esperar que suceda un milagro y que mi pequeña Agustina decida por lo menos tener un hijo, pues creo que casarse, o tener una relación, es algo para lo cual no ha nacido...
— Se parece a alguien que conozco... Hmm, si, ya se! Se parece a ti! Ja ja ja...
— Ja ja ja... Así es amiga, lo que se hereda no se hurta... Pero tus nenas y tu bebe no te deben traer problemas.
— Mis nenas adoran a su padre y su padre las adora a ellas. Pero tengo a mi bebé para mi solita. Aún está pequeño..
— 18 años no es tan pequeño...
— Tienes razón. Ya las mocosas esas de la universidad andan detrás de él como moscas. Incluso las amigas de sus hermanas vienen a visitar con "sospechosa" frecuencia... Te imaginas?
— Es que debe ser muy atractivo...
— Claro, es una combinación espectacular de José y su hermosa esposa, osea yo, mira...
María ve la foto que Rebeca le extiende, y casi da un grito por la sorpresa que le causa ver ese rostro juvenil y sonriente. Casi le escucha decir esa frase "Señora María", casi, casi...
— Está para robarlo...
— También tú, María Fernanda Del Valle?!... Pero, tienes razón, es demasiado atractivo, para mi gusto... Pero es todo mío, por ahora...
— Y ese puchero?
— Es que avanza muy rápido en sus estudios, y, aunque me ha dicho que nunca se separará de mi lado, se que quiere trabajar en otros lugares.
— Y en algún lugar en algún momento encontrará a su "mamita" que ha de destronarte...
— Que cruel eres!
— Tú empezaste!

La velada transcurre apaciblemente, los comensales se van retirando paulatinamente y, casi sin percatarse, las dos amigas se quedan solas en el amplio recinto. El pianista sigue tocando con una sonrisa en los labios, sin importarle las horas ni el mundo de afuera. La melodía que envuelve al reciento lleva una magia que hace que las amigas olviden por un momento que existe un mundo allá afuera, que existen problemas, que existen muchas otras cosas más que ellas. En este momento solamente quieren disfrutar de su compañía, de sus palabras, de sus anécdotas...

Todo parece felicidad. Es como si el mundo hubiese estado perdido, como si los río se hubiesen desbordado y finalmente hubiesen retornado a su cauce. Parecía que todo estaría bien, que nuevamente el mundo volvería a ser como antes.


jueves, 12 de abril de 2018

Erase una vez

É rase una vez un escritor que intentaba escribir algo que no fuesen solamente sueños y deseos, y tampoco que no tenga nada que ver con la realidad o con lo que estaba sucediendo a su alrededor.

Así que, tomo lapiz y papel, y se sentó en una mesa, y decidió escribir. Pero no pudo hacerlo.
Y es que las imágenes circulaban por su cabeza como un huracán descontrolado, sin ningún orden que pudiese controlarlas.

Se jalaba de los pelos, tratando de encontrar la forma como hilvanarlas, y poder plasmarlas de una manera que pudiese ser leída. Mas no podía hacerlo.
Se sirivió una taza de cafe, y se la bebió de un trago, en silencio, tratando de disfrutar de los aromas y sabores que le regalaban la taza y su contenido.

Tenía los ojos cerrados, y respiraba lentamente, en casi completo silencio, escuchando los ruidos que venían a través de la ventana de la ciudad que bullía afuera.
No era bueno escribierndo. Ya había intentado crear algunas novelas y relatos. Incluso los había colgado en internet en una opción de compartir gratuitamente en una página destinada a escritores novatos. Y aún así, nadie leía lo que escribía.
Se creó un blog, también gratuito. Y tampoco logró tener un mínimo de seguidores, que le dedicaran siquiera un segundo de su tiempo.

Se inscribió en muchos concursos, envió sus escritos a todo portal literario habido y por haber, pero en ningún caso logró que sus escritos fuesen tomados como literatura seria, y fue desechado.

Encontró un portal novedoso, donde otros soñadores como él mismo, trataban en vano de hacerse de un nombre en el mundo de la literatura, o de la poesía, o de lo que sea, con tal de compartir lo que producían. Pero, era un fiasco, pues nadie más que los propios escritores leían lo que en ese portal se publicaba. E incluso entre ellos mismos se creaban conflictos y disputas que terminaban con discusiones con tonos elevados, que hubiesen hecho sonrojar a cualquiera.
Se fue retirando paulatinamente sin hacer mucha bulla, sabiendo que sus artes de escritor estaban perdidas. O, mejor dicho, nunca habían despegado.

En la calle la vida transcurría sin novedades, sin prisas y sin demoras. La gente iba y venía, los autos dejaban tras de si una estela de contaminación que a nadie importaba. Y el mundo seguía sin darse cuenta que en este cuarto, en este preciso instante, estaba dándose inicio al episodio mas importante de toda la existencia del universo.

Era el principio del fin. El inicio de una serie de eventos que traería consigo al exterminio no solamente de la especie humana, sino también de la vida sobre la tierra y de todo lo que existía adentro o afuera del univeros entero.

Mentira!

No pasó nada. El escritor dejo su pluma, dejó la taza vacía sobre la mesa, se quitó los zapatos, vació los bolsillos, puso metódicamente todas sus cosas en la misma mesa. Apagó el computador, desconectó todos y cada uno de los artefactos eléctricos de su pequeña vivienda, se paró al borde de la ventana, y, abriendo los brazos, saltó en un vuelo sin retorno...

Un aparatoso ruido estremeció al vecindario. Algunos perros ladraron. Y una que otra persona dió un grito involuntario...

A los pocos minutos, una sirena se aercaba raudamente al lugar de los hechos, mientras el cuerpo inerte del escritor yacía en el piso, con los ojos bien abiertos, la sangre que corría a su lado en un fino riachuelo rojo, y una sonrisa extraña en los labios...

domingo, 8 de abril de 2018

Ucronias 1: El bloqueo

Suenan las sirenas, el sol aún no aparece tras las montañas, pero las luces ya se abren paso a través de las tinieblas. Hay una neblina densa que cala hasta los huesos, y el rostro de los demás es apenas visible. Pero todos están ya en sus puestos. 

Había sonado la alerta general.

El capitán del barco, con su pose conocida, las piernas abiertas y recto como una tabla, mira a través de los prismáticos en dirección hacia la estela que se acerca a a la distancia. Su rostro como siempre inescrutable y adusto no muestra emoción alguna.

El silencio es absoluto. Las pequeñas olas que golpean al poderoso navío son las únicas que osan interrumpir tal solemnidad del momento.

Estoy en mi puesto, con los nervios tensos y al límite, pero atento a las indicaciones del legendario almirante. Sabemos que nos guiará a la victoria, a pesar de que a nosotros nos parezca descabellado lo que dice o hace. 

Tenemos confianza absoluta en que siempre saldríamos airosos de cualquier combate.

Como aquella vez, en Iquique, cuando esperamos con pasmosa tranquilidad a que los dos barcos enemigos se pusieran peligrosamente cerca al buque hermano, y cuando parecía que estaba acorralado, dirigió una brutal embestida contra ambos, batiéndolos prácticamente en el acto, sin dejarles espacio para rendirse o retirarse.

O como cuando persistió en seguir huyendo hacia el norte, sin detenerse en ningún puerto, hasta casi salir de territorio amigo y quedarnos prácticamente sin combustible. Pero siempre teniendo a la vista a la poderosa escuadra enemiga, para luego dar media vuelta y enfrentarlos, con todo lo que tenía, conocedor que ellos estaban al punto del desastre. Cuando la balanza se inclinaba a favor de los enemigos, como una especie de fantasmas venidos de la nada, aparecieron las estelas de dos acorazados, seguidos de varios buques de guerra más, que cambiaron el destino final del combate, y apresuraron en final de esta estúpida guerra. 

Eran los barcos de la armada argentina, quienes se sumaban a la contienda. La famosa escuadra Sarmiento, dos monitores y algunos otros buques.

Si bien los acorazados enemigos eran superiores a cualquiera de nuestros buques de guerra, el mayor número y la velocidad de los nuestros hicieron la diferencia. Además, la maestria de nuestro almirante era impresionante.

Hundimos un acorazado enemigo, el otro quedó muy dañado, y tuvo que ser remolcado con dirección a uno de nuestros puertos. 

Y con apenas algunos reparaciones, nuestro comandante en jefe dispuso partir a toda la escuadra a bloquear Valparaiso. 

Y ahí estábamos, esperando el desenlace de esta guerra.

Nuestro almirante era ya legendario, por haber rescatado a los soldados enemigos, por haber enviado los restos de los oficiales y sus pertenencias a sus familiares. "Todos somos soldados" había dicho en algún momento.

Y su poderoso buque, el barco insignia, esperaba en silencio, viendo a lo lejos como una estela amenazante se acercaba a este bloqueo naval impuesto.

— Ordene al Huascar que se dirija a dar el encuentro a ese navío. Veo que tiene bandera inglesa. Dígale al capitán More que se atenga al protocolo.
— Como ordene mi Almirante.

De pronto, desde mi puesto, escucho la voz del vigia:
- Son varios más! Veo dos buques grandes mas...

Un escalosfrio recorre mi cuerpo. Parece que la armada imperial inglesa está frente a nosotros, y en esta ocasión, dudo que el Almirante Grau tenga un as bajo la manga.

El Independencia completo está en silencio. El Almirante Grau, el Caballero de los mares, está inmóvil como una roca, sin mover un solo músculo de su cuerpo, parado en el puente de mando, mirando hacia el monitor Huáscar, quien raudamente, se dirige hacia el barco inglés que, a lo lejos, pareciera que lo llama para un ataque funesto...

Saur Anx'a

domingo, 1 de abril de 2018

Los cuentos del abuelo. La historia continúa...

— Podrías contar una historia más real?
— No te gustó mi historia?
— Está bonita, pero un poco fantástica... Quizá un poco más de realismo no quedaría mal...
En silencio asiento. Es cierto, a veces, muchas veces me dejo llevar por la imaginación, y ella se apodera del curso de mis relatos, y cuando mi imaginación capitanea el barco de mis sueños, pues no hay límites conocidos que puedan detenerme.

Entonces continuemos con el cuento, o la historia, o como ustedes quieran llamarla.
Antonieta era una niña bastante traviesa y muy curiosa. Apenas tenía seis años, y ya sabía a leer con libertad y escribía su nombre con cierta soltura. Aún usaba lápices, los lapiceros los usaría cuando tuviese más años, quizá a los 10 u 11, como el resto de niños de su colegio.

No le gustaba mucho ir a la escuela. le parecía muy aburrida y bastante fría. No le gustaba el frío, que se mete por debajo de la falda y te congela las piernas. Siempre tenía frío en la escuela, y también se le adormecían las piernas en las sillas que eran poco agradables para su gusto. No podía entender como el resto de niños toleraba esa incomodidad de sillas.

— Lo que sucede es que no te sientas bien, Anto. Debes sentarte un poco más hacia atrás, y no en el borde mismo de la silla —le decía Fiorella, que también estudiaba en su aula— Mira, así como yo estoy sentada.
— Es que no alcanzan mis piernas, y no me gusta que estén en el aire, Fio —respondía Antonieta, mostrando que, al sentarse completamente en la silla, sus pies quedaban en el aire, o solo en puntillas, ya que era bastante pequeña para su edad — cuando hago esto, es peor, mis piernas se adormecen mas...

Y así se pasaban casi toda la mañana, hablando de las incomodidades de la escuela, de los colores bonitos de los lapiceros, y de tantas otras cosas que mantienen ocupadas sus mentes en esta bella edad de la niñez.

Mas temprano en la mañana, se había levantado preocupada y pensativa. Para suerte su abuelo había estado de visita, pasaba un rato a recoger algo que había olvidado (no eran sus medias, no). No se había creído mucho esa historia de las rosas maravillosas, y con la frente fruncida y la mirada pensativa, había encarado a su abuelo y le había preguntado frontal mente:

— Y me podrías contar le VERDADERA historia —hizo énfasis en la palabra "verdadera", para demostrar que ella ya no era tan pequeña y que no era tan fácil de engañar con "cuentos fantásticos".

Su abuelo, siempre sonriente, se acercó a la pequeña, le dio un cariñoso beso en la mejilla, los bigotes le hicieron cosquillas, siempre lo hacían, y le dijo muy bajito:

— Yo también le dije eso a mi abuelo, y él me dijo muy serio, que su abuelo era el mensajero, aquel muchacho pequeño que salió corriendo con el mensaje para el resto del ejército. Cuando regresaban con los refuerzos, se encontraron con los invasores que ya estaban muy cerca a donde estaban ellos. No supieron de los defensores hasta mucho tiempo después, cuando ya la guerra había concluido. Pasaron muchos meses cuando regresaron a ese lugar, y no encontraron mas que arbustos espinosos que crecían en lo que fue antiguamente un pequeño fortín de defensa. No encontraron cadáveres esparcidos, ni restos ni huesos, pero si 20 tumbas en perfecta formación, y, al lado de cada una de ellas, una pequeña planta que estaba floreciendo en ese momento. Todos murieron defendiendo su posición, y todos fueron enterrados en ese mismo lugar. Pero ya sabes como son las cosas, cada quien cuenta las historias a su manera. Y ahora, dame otro beso y apúrate, que te haces tarde para ir a la escuela.




sábado, 31 de marzo de 2018

Los cuentos del abuelo. Otoño, o cómo empezó todo...

Un día de marzo, terminado el verano en el hemisferio sur, se encontraba el escritor sentado frente a su teclado, tratando de imaginar una historia que valiese la pena escribir y contar.
Mil imágenes pasaban por su mente: barcos, autos, trenes, aviones, naves interestelares, nubes de transporte, máquinas teletransportadoras, inteligencias artificiales, personas, animales, seres mitológicos, héroes y villanos, piratas, ladrones, policías, doctores, bomberos, ambulancias, dioses, semidioses, antidioses, etc.

Había leído tanto que su mente se encontraba completamente confundida, ante las mil historias que pasaban frente a sus ojos (cuando éstos estaban cerrados, pues al estar abiertos, vía claramente el monitor y las letras que iban apareciendo frente a él) y las voces y sonidos que llegaban a sus oídos (Hmm, cerrar los oídos es un poco complicado, sobre todo si no practicas mucho. Los que tiene poca práctica no pueden hacerlo, así que no lo intenten si no tienen un buen maestro, se los recomiendo)
¿Dónde me quedé? Cierto! Estaba sentado frente al monitor escribiendo todo lo que acá estas leyendo, dejando solamente que sus manos naveguen en libertad sobre el teclado, y dejando que sean ellas las que escriban  la historia que se traían "entre manos".

Y de un momento a otro... Ya no sabía que más escribir! El pobre escritor se encontraba en una encrucijada, y no sabía hacía donde ir: hacia arriba, al inicio de esta historia (¿ya es una historia? Hmm, dejame dudar al respecto), hacia abajo, al final de la historia (no le digan, pero hacia abajo aún está en blanco), hacia la derecha... Hacia la derecha estaba el teléfono, que hace buen tiempo atrás, mucho tiempo para ser sinceros, no había sonado, o hacia la izquierda.. Y hacia la izquierda estaba una botella con agua, era un bebe todo que estaba medio lleno (o medio vacío? Y a quién le importa eso!)
Así que cerró los ojos (y los oídos, pues la bulla era bastante fastidiosa) y se dejó llevar por sus sueños, por sus deseos y por sus anhelos. (Olvidaba decirles, el escritor también era poeta, y como poeta le gustaba escribir poesía, aunque, para ser sinceros, sus poemas no eran muy buenos, y casi nadie los leía.. Y es que casi nadie tampoco le entendían).

En sus sueños mas locos el escritor se consideraba un ser de otro tiempo, de otro universo, de otra dimensión, y creía que había viajado por todos los espacios y tiempos de nuestro y otros planetas, y que de una u otra manera, había influido en el curso de los hechos de toda la historia humana.

Le gustaba "recordar" el momento de la creación del universo. Boom! Una enorme bola de fuego y energía que dió inicio a todo. Luego le gustaba imaginar los grandes momentos de la historia humana, sobre todo las guerras (el escritor había estado en el ejército), y el futuro que nos depara la vida: le gustaba alucinar las cosas mas locas que jamás a nadie se le hubiese ocurrido jamás.

— Vas a demorar mucho?
Era su hija, que quería utilizar la computadora, y que se estaba aburriendo viendo como su papá, de manera frenética, escribía y escribía un montón de letras y palabras que carecían de sentido.
— Acabaré pronto —le dijo amoroso— un minuto más y acabo.
— ¿Y qué es lo que escribes?
— La verdad verdadera, ni yo mismo estoy seguro lo que estoy escribiendo, solamente dejo que mis dedos se deslicen con libertad sobre el teclado... Y hasta este momento no he conseguido ninguna historia, solamente un montón de palabras y frases que no tienen mucho sentido— dijo el escritor un poco triste y turbado, ya que sentía que su esfuerzo no estaba dando mucho resultado
— ¿Y por qué no cuentas una historia? —le dijo la niña con mucho entusiasmo— siempre cuentas historias interesantes...
— Tienes razón —respondí (es cierto, yo soy el escritor, me descubrieron)— haré como que te estoy contando una historia mientras la voy escribiendo.
— Genial!
— Entonces aquí vamos...

Era otoño, los campos ya estaban dorados, las hojas volaban libremente por el pavimento, y todos se preparaban para la temporada de lluvias. Menos Antonieta. Ella adoraba el otoño. Le encantaba jugar en los charcos de agua que se formaban luego de la lluvia. Le gustaba escuchar el sonido de las gotas sobre el tejado de su casa, y sobre todo, le gustaba sentarse al lado del fuego de la cocina, cuando su abuelo se sentaba a calentar sus calcetines mojados, y contaba cuentos fantásticos, con los cuales tenía embobados a todos sus nietos.

— Una historia más, abuelito! — Casi gritaba Antonieta— una más por favor!
— Silencio niña —la voz enérgica de la mamá de Antonieta no dejaba dudas de su autoridad— deja de molestar al abuelo, y ve a acostarte, ya que mañana debes levantarte temprano e ir a la escuela...
— Por favor abuelito, una historia pequeñita, por favor — Antonieta no se rendía— Unita más y me voy a dormir, ¿Sí?.
La voz de Antonieta era tan contagiante, que todos sus hermanos se unieron al coro, y todos pedían al abuelo una historia más, y lo dejarían tranquilo...

El abuelo se quitó el sombrero, se acomodó las canas, que eras escasas, pero lo suficientes para no decir que estaba calvo, se frotó el bigote, y, sonriendo, cargó a Antonieta y la puso sobre sus rodillas, abrazándola como solamente un abuelo sabe hacerlo, y siempre sonriendo dijo:


«Esta historia me la contó mi abuelo, cuando yo aún era un niño, y él me dijo que se la había contado su abuelo, siendo él aún un pequeño. Eran los tiempos de la guerra de independencia, aquellas épocas cuando yo aún no había nacido, y mi tatara abuelo era un sargento en las filas del general Suárez. Ellos se encargaban de la defensa de la entrada norte de la ciudad. Nadie sabía por donde llegaría el ejército invasor, pues los soldados espías habían sido capturados todos, y se habían enterado que los habían fusilado en el acto (así de crueles eran los invasores)»

Un «Ohhh» de asombro se escuchó entre todos los niños. Incluso la mamá, el papá y la abuela, hasta el perro estaban en silencio, atentos al relato del abuelo. Los calcetines seguían colgados frente al fuego, pero a los pobres calcetines ya nadie les hacía caso ( ¿o quizá también ellos estaban atentos a la historia?)

«Habían pasado ya varios días cuidando esa parte de la montaña. Y estaban muy aburridos. Pues, no había nada que hacer. Y la orden era no moverse, salvo que lleguen los invasores, en cuyo caso el soldado mensajero debería partir de inmediato con dirección al cuartel de comando (que se encontraba en la ciudad) y el resto del contingente deberían defender con sus vidas el fortín que allí habían levantado.

El fortín era de barro y palos, algunas piedra, y como techo habían puesto bastante paja. Esos materiales había de sobra en esa montaña. Y solamente eran 21 soldados, contando al mensajero, que en realidad era un niño de 12 años, incapaz aún de portar un fusil, pero que era tan veloz como una flecha. Y era muy avispado el chamaco.

Ya habían pasado varias semanas, y no había pasado nada en el fortín. Y tampoco tenían ninguna noticia del centro de comando. Algunos soldados estaban un poco intranquilos, pues las raciones se estaban acabando, y no tenían idea, que pasaría mañana. Pero en el ejército la disciplina debe ser férrea, y en esta pequeña tropa no era la excepción. Todos cumplían al pie de la letra las órdenes que se impartían.

Hasta que, sin saber cómo ni de donde, aparecieron muchas flores en el campo. Al principio no hicieron caso, pues creyeron que era normal en esa época del año que, estando tan alto, algunas plantas florezcan en esa época del año. Pero, con cada día que pasaba, el número de flores iba aumentado, y su perfume, al inicio agradable para los soldados, empezó a ser una molestia grande, así que, el jefe dio la orden de cortarlas y limpiar todas las flores que rodeaban el fortín. El mismo cogió una flor entre sus manos, y, cuando la iba a cortar, sintió algo extraño, y no lo hizo. No supo porque razón desistió de arrancarla, solamente la dejó en su lugar y dijo: mejor no las toquen, total, no hacen daño a nadie»

—No crecen flores en la puna, abuelito—dijo uno de los niños— ahí hace mucho frío.
— Si crecen flores —dijo Antonieta, muy seria ella— esas flores las taren desde las alturas para adornar las procesiones, cierto abuelito?

El abuelo sonriente, les dió un beso a ambos, y prosiguió su relato:

«Lo raro de todo esto es que las flores no eran flores de la puna, sino rosas, de diferentes colores, y no crecían en rosales comunes y corrientes, sino en rosales que no tenían más de 5 centímetros de alto, así que las rosas más parecían una alfombra que un jardín. Pero también habían margaritas y algunos geranios... Aunque nuestros pobres soldados, mas preocupados en sus fusiles y bayonetas, no podían diferenciar ni siquiera una flor de un tallo.

En eso, uno de los vigías gritó a todo pulmón: "Vienen los invasores!". Y todos ocuparon sus puestos, y el pequeño mensajero salió veloz como una flecha con dirección al cuartel general, para comunicar de la llegada del ejército invasor y de que era necesario traer refuerzos. Todos tomaron sus fusiles, y se tumbaron sobre las flores, mientras encomendaban sus almas a sus ancestros, y en tensión, esperaban la arremetida del ejército enemigo.

Eran muy numerosos, traían caballos, cañones, y muchas columnas de soldados, quizá miles. Mi abuelo no lo recuerda con exactitud. Así que era lo más cuerdo huir, o rendirse. Pero, como les dije al inicio, la orden era defender la posición con sus propias viudas, y los soldados eran muy disciplinados, y así lo harían.

Cuando el ejército enemigo se encontraba a tiro de fusil, pusieron sus cañones delante de ellos, y una lluvia de balas de cañón empezó a caer sobre los defensores patriotas. Estaban perdidos. No teníamos cañones, así que, era cuestión de tiempo, y todos terminarían muertos»

Todos los presentes estaban en silencio total. Ni siquiera los grillos cantaban, ni el fuego sonaba (siempre suena la leña cuando se quema), hasta la lluvia había cesado... El mundo esperaba en silencio el terrible final de los defensores patriotas....

«Y sucedió. Mi  tatara abuelo dice que fue un milagro. Que las flores se levantaron creando una especie de barrera de espinas delante de ellos, y que las flores los protegían en sus pétalos, evitando que las balas de cañón o el fuego de los fusileros les hiciesen daño. Dejaron salir por entre ellas las puntas de los fusiles, y por esa razón podían responder el fuego con disparos entrecortados, por lo cual los invasores no pudieron avanzar un milímetro más, al ver que todo intento de diezmar a los valerosos defensores, era infructuoso.

Aún así algunas balas lograron atravesar la muralla de espinas y flores, y dar en el blanco. Y casi todos sufrieron heridas. Pero los pétalos se pegaban a estas heridas, y evitaban que sangrasen demasiado. Y a pesar de todo, pudieron resistir lo suficiente para que llegara el grueso del ejército patriota, y le de una batalla dura a los invasores, quienes tuvieron que retirarse por donde vinieron, sin haber logrado tomar el fortín de defensa.

Luego, el general entrevistó a los veinte, y les preguntó como era posible que hubiesen construido un sistema de defensa "tan extraño, pero muy eficiente" (aunque él mismo no entendía como pudieron hacer crecer tantos rosales en un lugar tan inadecuado para ello). Mi tatara abuelo dijo que no recuerda que dijeron todos, solamente que se alegraron de estar con vida y de haber expulsado al invasor por una vez más.

Aunque uno de ellos, que todos tomaron por bromista, dijo haber visto a una dama muy elegante todas las noches venir desde "arriba" y pasear entre las flores, conversar con todas y cada una de ellas. Por eso, cuando encuentres una flor en un lugar extraño, no la arranques, recuerda que hay un poder especial en ellas. FIN.»

— Hmm, que huele a quemado?
— ¡ Mis medias!

El abuelo sonreía, al igual que todos, a pesar que se chamuscaron las medias, todos irían a dormir con una nueva historia que las visitaría en sus sueños, y que les regalaría un jardín de rosas maravillosas que los protegería de sus miedos.

Antonieta ya estaba dormida, abrazada al abuelo. Y ella no había escuchado toda la historia. Se quedó dormida muy rápido. Se adormecía con la voz de su abuelo, y más aun se adormecía con el calor de sus brazos, y el olor de sus cabellos.

Adoraba a su abuelo. Le parecía un ser enigmático, raro, que quizá había sido un héroe o un pirata, o quizá un inventor, o quizá un aventurero, que había explorado lugares misteriosos y extraños. Y nunca dejaba de contar sus historias, siempre con una sonrisa, siempre con una paciencia infinita, con la famosa frase: «Esta es una historia, que me contó mi abuelo, cuando yo era aún un niño pequeño»

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Historia de amor, continuación

- Jamás había visto tantos "horrores ortográficos" juntos en toda mi vida. Jamás. Pero, por lo demás, el trabajo es genial. Haga las correcciones y preséntelo. Y por el amor de Dios, graduése de una buena vez, que ya me tiene harto con su presencia...

Casí gritó de alegría y felicidad. ya lo tenía. El resto era puro trámite. La cosa más simple, solamente ordenar, maquillar, darle el toque de gracia, y tendría lo que siempre quizo: el mejor trabajo de investigación de todos esos años.

Así fué. Solamente le tomó una semana presentarlo, y en menos de un mes estaba recibiendo la mención honrosa y las felicitaciones respectivas. Y, por supuesto, la avalancha de ofertas de trabajo, a cual más beneficiosa. Casi eligió al azar, no por el tema de beneficios, sino por los retos que le presentaban.

Pero no volvió a ver a José. Cuando regresó al café, ya no estaba. Le preguntó a Tomás, el vigilante nocturno. él la reconoció, pero le dijo no saber nada. Que al día siguiente, cuando regresó a su guardia, encontró a otro encargado. José había sido el encargado de la tienda (parte de una cadena) por casi dos meses.  No sabía más nada.

Ella le dijo que era para agradecerle, y si sabía algo de él, que por favor se lo hiciera saber. le dejó el número de la oficina.

Conoció a Rubén en una reunión con el directorio de la empresa a la que estaban fusionandose. La tracción fue casi instantánea. Él era un tipo ambicioso, agresivo, joven, talentoso, guapo... Y muy serio. Empezaron con reuniones formales, por el tema de la fusión. Luego casi sin darse cuenta, estaban saliendo, casi sin proponérselo. Y así, casi sin romanticismo, casi como si hubiese sido todo planificado, Rubén la presentó a sus padres (que quedaron encantados con ella) y María presentó a Rubén a los suyos (que también estuvieron de acuerdo, pero por alguna razón su mamá hizo un gesto de cierto desagrado).

- Me toienes que decir algo?
- Nada, hijita. Que Rubén me parece un gran muchacho, y espero que todo les vaya bien. Ya te hizo la propuesta?
- Mamá! recién estamos saliendo unos meses.. Ya no estamos en esas épocas antiguas... Además, tú sabes que yo prefiero mil veces ser libre..
- Si lo se mi hijita. Solamente quiero que seas feliz, por sobre todas las cosas. te adoro, mi reyna bella...

Pero a pesar de todo, no podía borrarse ese pequeño gesto de su mamá de la cabeza. Pero a pesar de todo, decidió irse a vivir con Rubén, para conocerse mejor.

Y todo iba bien. Planificaron todo. La casa, los bebes (serían dos), los viajes antes de eso, los autos, los lujos, las comodidades, los estudios (no dejarían nunca de estrudiar, seguirían mejorando en forma permanente). Eran almas gemelas, se entendían como nunca nadie lo habría hecho. Todo en orden, hasta en la casa, las cosas estaban tan ordenadas, que parfecía un palacio recién estrenado.

Planificaban las vacaciones, planificaron el primer bebé: varón. Y así fué. También la segunda: una preciosa nena. Y así fue. No querían el matrimonio, para tener la libertad de irse cuando quisieran. Somos libres, y esa libertad no nos la debe quitar nadie.

Al principio todos estaban consternados. Pero con el pasar de los años, se fueron haciendo a la idea. Y ya nadie se acordaba de esas nimiedades. Vivian "felices", con sus hijos, sus proipiedades, sus trabajos, sus estudios, sus mascotas...

Pero, algo le faltaba. Sentía que en su pecho había un vacío que no se llenaba con  nada, a pesar de haberlo logrado todo en la vida.

Se entregó a sus hijos. A educarlos. Volcó todo su amor y su sabiduría en ellos. Crecieron muy rápido. Y así como crecieron, se fueron. El varón quizo hacerse piloto comercial, pero tuvo la genial idea de primero ir a la Fuerza Aérea. No opuso tanta resistencia. Sabía que, como ella, su hijo sería inquebrantable. Solamente le hizo recordar que debía de cuidar de su hermana.

Aunque la hija fue mas agresiva. Se fué del país, consiguió una beca (nunca se pudo enterar como), y se fué a estudiar con un grupo de investigadores de cierto proyecto cientifico muy ambicioso. No quizo saber más. Solamente que se cuidara.

- No soy una niña. Y se cuidarme mejor que tú.
- Ya lo se. Pero me darías un abrazo?
- Te amo, mamita.
- Yo te adoro, mi princesa.

Fue entonces, que volvieron a estar solos con Rubén. Y al fin pudo descubrir que le era infiel. Y no con una mujer, sino con un hombre, que también era casado, y que trabajaba con ellos en la misma empresa.

Casi se muere. Pero lo superó. habían sido "felices". Así que decidieron "mudarse" a diferentes ciudades por "temas laborales".

Creó una nueva línea dentro de la empresa, como expansión, y se encargó directamente de ella. Mientras Rubén era ascendido a un cargo de mayor rango y tenía que trasladarse de país. Una gran salida.

- Debiste habérmelo dicho desde el inicio.
- Tenía mucho miedo. No se cómo ni cuando empezó, pero no quería destruir nuestro hogar...
- No quiero detalles. Solamente apártate de mi vista...
- Mantendremos las apariencias?
- No te preocupes. Pero deberíamos decirselo a los muchachos...
- Ya lo saben. Están en camino...

No hubo llantos, ni agravios, ni lamentos. Solamente aceptaron la realidad, y partieron cada uno por su camino. Seguirían siendo Padre, Madre, Hijo e Hija, segurían siendo la misma familia de siempre, pero cada uno con su propia vida...

- Aló?
- María Fernanda Del Valle Rivadeneyra?
- Rebeca!!
- Amiga!! Cómo has estado?
- Es increible escuchar tu voz... Y muy agradable. De donde llamas?
- Perdida. Claro, como eres tan importante, olvidaste a las amistades de antaño..
- Es que el trabajo...
- Bla, bla, bla...
- No cambias amiga...
- Hmm, si he cambiado, pero para mejor... ja, ja, ja... Ahora estoy mas ligth, y soy un bombóm apetecible... Si o nó, José? ("claro que si, mi amor")

Esa voz, esa voz... no puede ser! Es la misma voz. Siente su corazón desbocarse. Siente que el teléfono le va a explotar en las manos. Siente que algo le ha pasado....

- Perdsón, amiga. Supe que te habías mudado, y quería saber si podíamos encontrarnos un rato, para charlar un poco...
- Claro que sí! Si quieres en este mismo instante...
- No es para tanto, m i querida María. Es casi media noche... Te parece bien mañana? En el café...?
- Excelente, ahí nos vemos...
- Que gusto volverte a oir, mi querida María Fernanda...
- Lo mismo digo yo, es muy bueno re encontrarnos....

Al colgar el teléfono, una imagen viene a su memoria. Una voz que la acompañó siempre. Una voz que hizo que venciera muchos temores, y que se superara a si misma. Y una voz que alguna vez la hizo soñar... Pero ahora, ahora esa voz está con la que fue su mejor amiga.