viernes, 4 de diciembre de 2015

Quimera - Capítulo 14. Marco y Matías

Marco y Matías.

María demoró mucho en digerir la idea que estaba nuevamente embarazada. Habían pasado 12 años, desde que tuvo a las trillizas.  Ya se estaba haciendo a la idea que regresaría a las labores regulares en el trabajo, cuando en el examen general le confirmaron sus sospechas: tendría un nuevo bebé.
No hubiese sido nada raro, si no fuese porque ya había pasado demasiado tiempo desde el primer embarazo, además, ella muy bien sabia que únicamente se tenia uno o dos hijos. Y ella ya tenía tres, algo por demás muy raro en Quimera. Por alguna razón, que nadie entendía, no se podían tener más hijos. Así había sido siempre. Nadie se preguntaba como era que esto sucedía, pero todas las parejas tenían uno o dos hijos, ni uno más.

Pero se estaba dando. Estaba nuevamente embarazada. Y su asombro se hizo mayor cuando le dijeron que serían gemelos.

Estaba muy asustada. Recordaba los terribles dolores del parto, y lo trabajoso y duro que fue cuidar a las recién nacidas. Pero desee el inicio de su nuevo embarazo, notó que subía de peso rápidamente.  Le parecía incluso que más que cuando tuvo las trillizas. Por esa razón pidió que le confirmaran que solo eran dos, ya que su vientre mostraba un crecimiento desmesurado.

Tuvieron que operarla, a un mes de completar el período. No podía más con el peso ni con los movimientos que hacían los bebes dentro de su vientre. El médico dijo que salieron uno tras otro, casi tomados de la mano. Marco el primero, Matías el segundo. Pero, a diferencia de las trillizas, éstos eran completamente iguales.

Tenían los ojos de María, y el resto del rostro de Juan. Una copia fiel uno del otro. Eran tan idénticos, que ni María podía diferenciarlos uno del otro. En cierta ocasión, estando las trillizas en casa, Catalina los revisó con una lupa, y dio su veredicto final:

- Son iguales en todo.

Pero para sí misma quedó el detalle de algunas diferencias casi microscópicas en algunos lugares específicos, con lo cuál podría diferenciarlos. Pero para eso necesitaba verlos de cerca, a no más de 1 metro.

María estaba esperanzada en que no los había confundido. Ya tenían tres años, y los pequeños gustaban de intercambiar roles. Se hacían llamar MM. Si alguien les preguntaba por su nombre decían MM.  Al principio a Juan y a María les hacía gracia. Pero llegó un momento en el que no sabían a ciencia cierta cual es cuál. Y temían haberlos confundido para siempre.

Valentina sabia distinguirlos, pues decía que tenían fuerza y pesos ligeramente distintos, así que con ella cerca no había problemas. Solo que hizo ese hallazgo cuando ya los pequeños podían caminar, así que María no estaba segura.

Analía hizo lo mismo. Decía que "respiraban " diferente. Pero no era eso, sino la forma de hablar. E incluso la forma de llorar. Por eso le causaba gracia cuando los pequeños dejaban de respirar para que Ani no las descubra.

Aún así, lograban confundir a todos. El pobre Juan ya había tirado la toalla. Aceptaba el nombre que quisieran ponerse ellos mismos. Igual, los llamaba MM. Siempre venían ambos. Llamabas Marco o  Matías y llegaban los inseparables gemelos.

Nunca se separaban. Incluso juntaron las camas cuando pudieron hacerlo. Eso sí, cada uno en su cama. Juan tuvo que adaptar dos habitaciones en una sola con dos baños, que usaban en forma indistinta los gemelos.

También las camas, los pijamas, la ropa. Todo era de uso común. Había un armario para la ropa de Marco,  y otro para el de Matías. Pero desde casi el inicio María abandonó la idea de separar sus cosas. Ellos usaban en forma indistinta absolutamente todo.

Alrededor de los cuatro años, aunque aparentaban físicamente tener muchos más, adoptaron una mascota totalmente atípica para cualquiera: un tigrillo, hembra. La llamaron Mimi.
Al inicio nadie se había percatado de que el "gatito" que trajeron, no era realmente un gato. 

Solamente al ir creciendo, el felino se hizo grande y fuerte, casi del tamaño de un perro, pero con la agilidad y astucia que su especie le confería.

Y era el complemento perfecto para los dos pequeños.  De por si, ya eran un huracán por donde fueran. Capaces incluso de demoler una pequeña casa con las propias manos. Hacían las cosas en tal armonía, y con tanta celeridad y precisión, que solamente les tomaba 5 minutos en ordenar y limpiar su habitación comúnmente desordenada.

Lo descubrió Catalina, al retarlos diciendo que ella acabaría de construir una pequeña jaula para Mimi antes que ellos hubiesen siquiera puesto en orden sus armarios. Se llevó una tremenda sorpresas. Ante sus incrédulos ojos los dos pequeños malandrines funcionaron cual prodigioso artilugio extraño, para hacer las cosas de tal manera, que la habitación quedó ordenada y limpia, antes que ella siquiera hubiese podido empezar con su tarea.

- Te ganamos, Cati. Ja, ja, ja.
- Y ahora quienes son los mejores?!
- Nosotros, el dúo MM!!

Divertidos y riéndose, dejaron a la sorprendida Catalina, con sus varillas y herramientas. Pero eso le dio una idea.

Había que retarlos.

Por las buenas, los enanos no hacían nada. Incluso se revelaban contra la autoridad de María. Únicamente se quedaban quietos cuando la voz de Juan retumbaba en la casa. Pero, comúnmente Juan no estaba. Las trillizas estaban en el internado, y María tenia que vérselas sola con estos pequeños.

Pero, bastaba con retarlos,  y se podía conseguir que hicieran prácticamente cualquier cosa. Así pudo Valentina,  retándolos en todo, lograr "domesticarlos". Ella se convirtió en la Jefe. Aunque Valentina no toleraba sus ocurrencias y travesuras, era la única que podía competir con ellos en resistencia y velocidad.

Analía los adoraba, los trataba como bebés, y ellos se prestaban a eso. Le decían "Mami". A María le decían mamá. Y era claro su rol.  Pero Analía, era su Mami.

Aunque fue Catalina la única capaz de integrarse a esa extraña hermandad que habían hecho los gemelos con la tigrillo Mimi. Sus habilidades con las manos y con sus artilugios pudo "domesticar" a ese enorme gato salvaje. Incluso hizo que el animal pudiese comportarse como un cachorro. Nadie mas podía hacerlo. Aún así, nunca logró que ingrese a una jaula.

En la escuela pusieron de vuelta y media a todas las maestras, y además Juan y María se ganaron una buena llamada de atención cuando los gemelos llevaron a Mimi a clases. Destruyeron parte de los techos cazando murciélagos, y a las pequeñas les dio un ataque de pánico. Llamaron a la policía, los bomberos y paramédicos. Pero Mimi escapó, no sin ayuda de los gemelos.

Sonreían todo el tiempo.  Era una de sus armas favoritas. Tenían una sonrisa pícara y una cara de inocencia con la que literalmente derretían de ternura a cualquiera.

- Donde están esos mocosos?! La voz de Valentina tronó en la sala.
- Nosotros no tuvimos nada que ver.
- Somos inocentes, jefe.
-  Mimi se escabulló. Ella sabe trucos.
- Si jefe. Ya es muy hábil.

Valentina hace el universal signo de silencio con un dedo, y en la otra mano levanta una correa:

- Y esto? Ella también lo llevó?

Silencio sepulcral. No hay respuestas. Han sido descubiertos y saben que Valentina no lo dejará pasar.

Se miran todos, y el primero en soltar una Sonora carcajada es Juan,

- Vieron la cara del Director? Ja, ja ja...
- Creo que mojó los pantalones ja, ja ja,...
- Y la peluca de la secretaria,?,  ja,ja, ja... Estaba, estaba...  De costado... Ja, ja, ja...

Solo Mimi está recostada en un alero de la gran casa, donde una familia entera disfruta de la última travesura de unos pequeños incorregibles. Nadie quiere recordar que se acerca un momento duro cruel y difícil que es inexorable en Quimera.

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