lunes, 26 de mayo de 2014

Paraíso - Capítulo 3. Hercadios.

- Levántate.
- Perdón, no se que me pasó. Debí quedarme dormido un par de minutos. Tenía todo bajo control.
- Silencio.

No podía ser. Había batallado tanto por este momento y lo había echado a perder en los últimos instantes. Su mirada no era de reproche o de ira, sino de decepción.  Y eso era peor que cualquier cosa. Había fallado, y ante su padre no era más que decepcionante verlo fracasar.

- Te he fallado, perdóname...
- No pequeño, yo te he fallado a ti. Debes ser tú el que debe perdonarme.

Silencio sepulcral, se oye hasta el murmullo de una gota al caer sobre el pasto. Las miradas lo dicen todo. Es momento de tomar la decisión mas crucial de sus vidas. Ambos lo saben, y ninguno está feliz por eso. Saben que en el calor del hogar está la madre amorosa preparando como siempre la cena de bienvenida, y quizá el agasajo por la "graduación" de su pequeño. Saben que el dolor que sentirá al no verlo llegar será infinito, y que no existirá palabra que pueda calmar su llanto. Pero no hay marcha atrás, deben hacer lo que cualquiera de su estirpe hubiera hecho, y quizá ya habían dejado pasar mucho tiempo.

- Quieres que entregue algo a tu madre.
- Yo mismo lo haré cuando regrese.

No sabe si es mucho orgullo o autosuficiencia, no sabe por qué dice esas palabras. Logra que el padre esboce una mueca en forma de sonrisa. Ya su alma abandonó el cuerpo, sólo su fuerza interior hace que no se quiebre, y que continúe con el rito harto conocido.

Es apenas un muchacho de 10 años, es casi un niño. Es cierto que en su momento a él le tocó hacer ese viaje cuando apenas tenía 6 años. No recuerda mucho de cómo sucedió, solo recuerda mucho dolor, lagrimas, desesperanza y mucho, mucho miedo. Sus recuerdos son tan vagos como la muerte misma. Y también recuerda que sólo unos cuantos regresan. De los que quedan nadie vuelve a saber nada, solo los toman por muertos, los lloran y velan sus pocas pertenencias, y muy pronto caen en el saco del olvido.

Ya al crecer juró que no dejaría que ninguno de los suyos pase por ese mismo tormento, y buscó las mil maneras de entrenar a su hijo, su único hijo, en todas las artes de la cacería sin necesidad de someterlo a tamaño tormento. Intentó de todo, se instruyó en todo, buscó todo lo escrito y no escrito, todo lo imaginado y aún por imaginar. Creyó que el amor lo podía todo, y lo estaba logrando. Pero, en el momento decisivo, el muchacho había fallado. Y el fallar no es algo que pueda permitirse.

Ya está viejo, tuvo a su único hijo ya estando viejo, demasiado viejo. La mujer no pudo procrear más. En vano trató de convencerlo de traer a otra mujer más a la casa. Cuantos mas críos mejor, le decía. Pero él la amaba, y no se imaginaba siquiera poder estar con otra que no sea ella. Tenían a su precioso niño, y él era el mejor cazador conocido en todo el entorno. Si existía alguien en el universo capaz de cambiar las formas y los ritos, ese era él. Pero... se equivocó.

Poco a poco, agradeciendo a la tierra, al aire, al sol, al agua y a todos los elementos se va despojando de todas sus pertenencias. Luego, con gran habilidad confecciona un taparrabos con el pañuelo que traía atado al cuello. Por un momento duda, sabe que su cuerpo es ya demasiado grande para pasar por ese agujero tallado en la roca, cubierta de salientes cortantes que solo permiten pasar a un pequeño no mayor de siete años flotando y pudiendo apenas respirar. Es el camino hacia los dominios de los Kayute, esos seres mitad humanos mitad fieras salvajes, que por todos los tiempos se habían encargado de preparar a los cazadores del oriente.

Solo regresaban unos pocos. Nunca se encontraban con los demás al otro lado, solo sabían que al entrar en aquel agujero negro, iban perdiendo poco a poco el conocimiento, y se ahogaban lentamente. Y luego una gran corriente los arrastraba hacía un abismo interminable, y todo se hacía negro y doloroso.

Despertaban por períodos. Únicamente despertaban para alguna prueba dura, y luego nuevamente la inconsciencia. Nunca un cazador podría saber si lo había soñado todo, o si era realidad lo que le pasaba. Al término de 4 años despertaba al fin en un lugar conocido, solo, y únicamente ataviado con las prendas que lo acompañarían durante el resto de sus vidas: su último diente de leche y el colmillo del primer fénix que había cazado, ambos fundidos en una sola pieza que colgaban de un collar de titanio. Entonces descubrían que poseían habilidades negadas al resto de los mortales, que eran capaces de mimetizarse con su entorno, cualquiera fuera este, y que ya podían desempeñarse en lo que siempre habían soñado: cazadores. Entonces ya con el conocimiento básico, llevaban a la casa materna el taparrabos con el que habían partido, y se internaban en el bosque inclemente a completar su preparación. Cinco años con los guardabosques, hacían de ellos los mejores en su clase. Luego partían a las montañas, con los sacerdotes que completaban su instrucción con las ciencias, artes, y toda la mística de los verdaderos cazadores de oriente.

Normalmente tenían de 6 a 10 hijos, y trataban de no encariñarse mucho con los primeros, pues era la tradición que uno de los hijos sea el cazador de la familia, igual al padre. Así que los iban enviando uno a uno, hasta encontrar en la puerta el pañuelo usado como taparrabos. Aún así algunos escapaban de la casa al tener 7 años y por voluntad propia se embarcaban al camino. Nunca hubo mas de dos cazadores en cada familia. Y él había roto la tradición. El era el último hijo de la familia, el encargado de cuidar a los ancianos, así había sido siempre. Y había escapado, ante la mirada orgullosa de su abuelo, pues ya habían dos nietos cazadores, y el podía ser el tercero. Y ante todo pronóstico lo logró.

Los tiempos cambian. No quiere que su hijo pase por ese martirio. No quiere exponerlo a tanto peligro. No quiere imaginarse su vida sólo, envejecer sólo, ver a su amada morir de tristeza y melancolía. Lo intentó todo, y no lo había logrado.

- Tranquilo padre, regresaré. Tengo la preparación suficiente para soportarlo todo. Y no tengo miedo.
- Estaré esperando. Ahora no des marcha atrás. Recuerda que eres de la estirpe de los cazadores de oriente. En este momento dejas de llamarte Hercadios, y tu nombre será CAZADOR. Cuando la muerte busque a Hercadios, no podrá encontrarlo. Los bosques, el aire, la luz, el agua le dirán que es a CAZADOR a quien busca. La muerte caminará por el mundo tratando de encontrarte, y como somos tantos, no sabrá a quien llevarse. Solo el clan decidirá el momento de tu partida.
- Padre, aún no estoy listo. No debemos adelantar el protocolo. Aún debo cazar a un fénix. No merezco llamarme cazador aún. Pero no te preocupes, no te defraudaré.

Y sin decir más, con un vertiginoso salto, se introdujo en las fauces oscuras del cruel abismo. En lo profundo de la grieta, solo pudo ver la espuma furiosa y unas manchas rojizas sobre los filosos crueles bordes. Su corazón se detuvo por un instante, supo que lo había perdido para siempre. Supo que había fallado. Bajó la mirada hacia la madre tierra, cayó de rodillas, y por primera vez desde que era niño lloró desconsoladamente.

 A lo lejos, oculto por el espacio y el tiempo, el gran jefe de los Kayute sonreía .....


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